Ayer tuvo una cesárea, y hoy los familiares se la querían llevar a la fuerza del hospital.
La enfermera, desesperada, le alzó la voz a Adelaida: —Señora, por favor, dígale a su hijo que entre en razón. Su nuera tuvo un parto complicado ayer, fue cesárea, ¡no puede irse así como así!
Adelaida apretó los labios, viéndose bastante acorralada.
Con tono vacilante, intentó negociar: —Ignacio, ¿y si... se queda un par de días más?
Ignacio le lanzó una mirada fulminante a su madre.
Luego, siguió forzando a su esposa a ponerse el segundo zapato, murmurando quejas entre dientes.
Sofía Valdivia escuchó el alboroto y se asomó para ver qué pasaba.
Una anciana de carácter fuerte que estaba junto a Adelaida, la regañó: —Usted ya es una mujer mayor, sabe lo difícil que es dar a luz. Si su hijo es un inconsciente, ¿se va a quedar ahí de brazos cruzados? ¿Tanto miedo le tiene?
Con los ojos llorosos, Adelaida suspiró: —¡Es que no sé qué hacer, ay!
La habitación del hospital se llenó de murmullos y críticas.
Algunos condenaban el machismo de Ignacio y su crueldad hacia su esposa. Otros criticaban a Adelaida por ser una madre alcahueta y una pésima suegra. Y muchos se compadecían de la pobre mujer que había tenido la desgracia de unirse a esa familia...
Eran puros comentarios negativos, muy duros de escuchar.
Ofelia, que llevaba un buen rato a un lado mordiéndose el labio, tenía el rostro rojo de la vergüenza.
Tiró tímidamente de la camisa de Ignacio y suplicó: —Ignacio, a ella le duele mucho. Que se quede un par de días más, y cuando esté mejor nos regresamos...
No la dejó ni terminar. Ignacio le clavó los ojos, furioso: —¿Eres idiota? ¡Si no sabes, cállate!
Con la prisa de sacarla del hospital, intentó varias veces levantar a su esposa de la cama.
Sin embargo, la mujer no lograba mantenerse erguida, solo gemía de dolor con la boca abierta.
Ignacio estaba perdiendo la paciencia. La falta de cooperación de su mujer y sus quejas estaban atrayendo a demasiados curiosos, lo cual lo hacía quedar en ridículo. Estaba que hervía de rabia.
Al ser humillada en público, Ofelia se tapó la boca y salió corriendo, envuelta en lágrimas.
Sofía la vio pasar a toda prisa por su lado, girar a la izquierda al salir de la habitación y correr hacia las escaleras de emergencia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA