Lorena respondió de inmediato:
—Sí, claro.
Patricio se levantó y se fue caminando con pasos largos. Lorena siempre había manejado los gastos de la casa. Leticia recibía una mensualidad para sus gastos personales. Aparte de eso, si quería comprar ropa de marca, bolsas o joyas, debía pedirle permiso a Patricio.
Pero ella jamás le había pedido nada. Su clóset solo tenía ropa y zapatos normales, sin una sola marca de lujo. Lorena se acercó a recoger la mesa con una evidente cara de satisfacción, mirándola de reojo como si se estuviera burlando. Leticia entendió que ese era el castigo que le imponía Patricio. Se levantó de la mesa sin mostrar ninguna emoción.
—¡Lava tu propio plato! —le espetó Lorena con frialdad.
Por su posición y antigüedad, Lorena ya no tenía que hacer esas tareas del hogar. Patricio la había llevado a vivir con ellos para que descansara en su vejez. Pero cada vez que Patricio estaba presente, a Lorena le encantaba hacerse la ocupada limpiando de un lado a otro.
—Si hay empleadas, ¿por qué no lo hacen ellas? —preguntó Leticia.
—A las empleadas les paga la familia Quezada, ¿por qué tendrían que servirte a ti? —respondió Lorena con tono altanero.
—Porque soy la esposa del señor Quezada. O, si prefieres, le llamamos a mi suegra para preguntarle si tengo derecho a pedirle algo al personal.
—Tú... —Lorena se quedó hirviendo de coraje.
Tras decir eso, Leticia subió a su cuarto, agarró sus cosas y se fue a trabajar. Al salir de la casa y subirse al coche, sintió un alivio que nunca antes había experimentado. Había aguantado humillaciones por mucho tiempo. La familia de su esposo la menospreciaba y la trataba mal. ¡Hasta las sirvientas se atrevían a faltarle al respeto!
Tenía que aprender a defenderse, no podía seguir siendo tan débil. Aunque llevaba varios años alejada de su profesión, Leticia era sumamente talentosa, y tras unos cuantos días de capacitación, ya se había adaptado al ritmo de trabajo. Y desde ese día, Patricio no volvió a poner un pie en la casa. ...
—Nuestro equipo lleva seis meses atorado con el algoritmo de control, y todo el análisis de datos se ha estancado —Miguel López se frotó la frente, frustrado.
A Leticia le picaban las manos por intervenir. Quería decirle que la dejara intentarlo. Pero al recordar que llevaba años fuera de la industria y que ahora solo era una principiante en la empresa, optó por quedarse callada.
De pronto, sonó su celular. Miró la pantalla. Era Josefina Quezada. Nunca había tenido mucha relación con su cuñada, así que simplemente rechazó la llamada. Poco después, volvió a sonar. Lo rechazó otra vez, y volvió a sonar.
Miguel lo notó y preguntó:
—¿Quién es?

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