—¿A dónde fuiste? ¿Por qué llegas tan tarde? —preguntó Lorena con severidad.
Leticia estaba agotada, así que la ignoró y comenzó a subir las escaleras.
—No cocinas, no lavas la ropa... ¿acaso no sabes que el niño tiene escuela mañana?
La voz de Lorena resonó a sus espaldas.
Leticia detuvo sus pasos en la escalera, pero un momento después siguió subiendo.
Lorena no era una empleada común. Había cuidado a Patricio desde que era un niño, y él la consideraba casi como a una madre.
Por eso se creía con un estatus superior y siempre le buscaba defectos a Leticia.
Decía que le ayudaba a cuidar a su hijo, pero en realidad, Lorena se encargaba personalmente de absolutamente todo lo relacionado con Alejandro.
Incluso cuando era bebé, ella misma le lavaba a mano los pañales.
Toda la vida, la ropa, la comida y las rutinas de Patricio también habían estado bajo su control absoluto.
—Duerme, duerme, todo el día acostada. No te da miedo quedarte como una gorda inútil. Si no fuera por la trampa que le pusiste, el señor nunca se habría casado con una mujer así.
Se escucharon ruidos de cosas azotándose en el piso de abajo, como si Lorena estuviera golpeando los muebles para asegurarse de que Leticia la escuchara.
¡Pum!
La única respuesta que recibió Lorena fue el portazo de la habitación. Lorena puso los ojos en blanco mirando hacia el segundo piso.
Leticia se sentó exhausta frente a su tocador y miró a la mujer en el espejo.
Una figura con algunos kilitos de más, la mandíbula sin definición, ojeras marcadas y unas ligeras manchas amarillentas alrededor de los ojos. Comparada con su época de estudiante, parecía haber envejecido treinta años de golpe.
Y eso que se había maquillado especialmente para el evento de esa tarde.
En realidad, apenas tenía veintisiete años, ¿cómo era posible que se viera tan desgastada?
¿Casarse con el hombre que amaba no se suponía que debía ser la clave de la felicidad?
Leticia se tocó las manchas cerca de los ojos y se preguntó en silencio si había sido feliz todos estos años. Antes de poder encontrar la respuesta, las lágrimas comenzaron a brotar sin control.
Después de llorar, se sintió un poco mejor.
Sacó su celular y marcó un número.
—¿Bueno? —contestó Miguel, quien todavía iba manejando.
—Miguel, ¿lo que me propusiste antes sobre ir a trabajar a tu empresa, sigue en pie?
Miguel se quedó sorprendido.
—Por supuesto.
—Pero los empleados nuevos necesitan capacitarse en el extranjero por dos o tres años, y luego se les asigna un puesto según las necesidades de la empresa, y tú...
—Puedo hacerlo —afirmó Leticia con voz cortante.
Esta vez fue Miguel quien guardó silencio.
Él sabía perfectamente lo mucho que Leticia amaba a Patricio. Para ganarse la aceptación de la familia Quezada, ella había dedicado todas sus energías a esa casa y jamás había salido a trabajar ni un solo día.
Un estilo de vida así no era algo de lo que uno pudiera escapar de la noche a la mañana.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ya no soy tu Esposa, ni su Madre, ni su Hija: Solo Soy Yo