Capítulo 17
—¿Va a bajar a desayunar? —era la voz fría tosca y desagradable de Yolanda Me acomodé un mechón detrás de la oreja —No, me siento mal, díganle a Santiago que me traiga el desayuno Yolanda soltó un bufido y se fue sin responder, y solo pasaron unos minutos cuando escuché pasos suaves y la puerta volvió a sona
r —Señora... soy yo —dijo Santiago entrando con la bandeja— el señor dijo que desde ahora yo seré quien la atienda Eso me sorprendió porque Martín había dado esa orden seguramente por la manipulación que usé anoche y mientras procesaba eso Santiago abrió la bolsa que traía y me entregó un pequeño paquete con las medicinas
—Aquí están los remedios que pidió y mañana traeré el baúl, solo encontré uno pero aún estoy viendo cómo sacarlo sin que nadie sospeche
—Perfecto —respondi Tomé mis cosas y me apliqué las cremas en las zonas lastimadas respirando hondo para soportar el ardor, luego hice estiramientos suaves porque Melanie estaba débil y tenía que recuperar fuerza para lo que vendría y también le pedí a Santiago suplementos para energía y masa muscular y él lo anotó todo sin dudar
El día transcurrió lento encerrada masajeando las heridas haciendo ejercicios leves repasando mis planes y releyendo los documentos en mi mente y cuando me asomé por la ventana el campo de claveles se extendía a lo lejos rojo como un recordatorio de todo lo que odiaba
Me revolví en la cama intentando encontrar una posición que no me doliera mientras las horas avanzaban hasta que el reloj marcó las 7:55 de la noche y me senté derecha atenta respirando hondo A las ocho en punto escuché tres golpes suaves en la puerta y cuando la abrí era Santiago con el teléfono en la mano mirándome serio como si supiera que lo que venía no era cualquier cosa y la noche recién estaba por comenzar
Marqué el número con las manos temblando y el estómago ardiéndome y solo fueron tres tonos cuando el abogado contestó tan rápido que supe que había pasado toda la noche despierto
—Melanie... —su voz estaba tensa, cargada— ya revisé todo, hablé con mis contactos, revisé todos los documentos que me enviaste anoche y lo que encontré es grave, muy grave Me acomodé en la cama, sintiendo cómo las costillas me dolían —Dime —susurré Él no empezó suave, ni lo intentó —Como dijiste, es cierto, tu matrimonio... no existe Sentí que el alma se me desprendía del cuerpo


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