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Yo tomaré tu lugar romance Capítulo 16

Capítulo 16

El silencio se volvió espeso, incómodo, cargado; yo
sabía exactamente lo que estaba haciendo, no era
seducción, era control emocional, la misma arma
que Rebeca había usado contra él durante años,
solo que ahora yo lo hacía mejor
Respiré hondo, temblando
-Por favor... -extendí una mano hacia él, casi
derrumbándome-, no me dejes sola, no me
encierres, déjame quedarme con mis cosas... es lo
único que me queda de ti, de nosotros
Martín tragó saliva; dudó, lo vi, lo sentí
Rebeca dio un paso adelante desesperada
-Martin, no es cierto, está-
-¡Tú cállate! -ladró él sin quitarme los ojos de
encima
Rebeca retrocedió como si la hubieran empujado y
yo solo bajé la mirada, exacta, perfecta en mi papel
Martín respiró hondo y giró hacia Yolanda
-¿Botaste lo que yo le regalé? -preguntó con una
frialdad que la dejó clavada donde estaba
-S-señor... yo... la señora Rebeca-
-Te pregunté a ti -la cortó de inmediato
Yolanda bajó la mirada, apretando los labios
-Si, señor...

Martín volvió hacia mí, respirando hondo, atrapado
entre mi mirada suplicante y la presencia de
Rebeca detrás de él, y finalmente habló
-Yolanda -su voz tronó con un peso que helaba el
aire-, no vuelvas a tocar nada de lo que es de...

Melanie, ¿quedó claro?

Yolanda palideció al instante y miró a Rebeca
buscando apoyo, pero Rebeca desvió la mirada,
furiosa, incapaz de sostenerle el gesto.

-Sí, señor... -murmuró la empleada.

Mi corazón dio un pequeño vuelco de victoria
silenciosa mientras Martín volvía su atención hacia
mí, endureciendo la expresión para no verse débil
frente a los demás.

-Pero tú -me señaló con el dedo, brusco-, no
molestes a Rebeca ni te acerques aella si no
quieres que las cosas empeoren, ¿me oíste?

Mantuve la mirada baja, sumisa, como si realmente
me doliera.

-Sí, Martín... -susurré-, lo prometo.

Martín siguió, sin mirarme del todo:

-Y tú, Rebeca... no te acerques a ella tampосо,
¿está claro?

Rebeca tragó saliva, incrédula.

-¿Qué...? ¿Por qué? Yo solo quise-
-Hazme caso -la cortó Martín, seco, sin darle
espacio para respirar.

Ella bajó la mirada, herida, y ese pequeño
desequilibrio era oro puro para mí, perfecto,
exactamente donde quería que estuvieran.

Pero antes de que pudiera saborearlo, la voz
chillona de Nicolás rompió la tensión.

-¡Papá! Mamá está fingiendo, está mintiendo otra
vez, ella siempre se hace la víctima.

Sentí un puñal helado recorrerme la espalda y
respiré hondo, porque sabía exactamente qué
hacer.

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