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Yo tomaré tu lugar romance Capítulo 20

Capítulo 20

—Sí. Necesito ir a un lugar. Y tú vas a llevarme.

Santiago asintió rápido, nervioso.

—¿Consiguiste el baúl?

Él miró hacia los lados, como si alguien pudiera escucharlo.

—Sí, señora, ya está escondido en mi habitación tal como pidió Tomé el cofre donde guardé todos los documentos, fotos y objetos de Melanie y lo sostuve un segundo entre mis manos porque ese peso se sentía como la vida entera de mi hermana comprimida ahí dentro y luego se lo entregué —Pon esto dentro del baúl, nadie ¿me oyes?, nadie puede verlo ni tocarlo ni abrirlo —Lo prometo, señora —respondió con firmeza —Bien, hazlo ahora, yo bajaré Respiré profundo antes de bajar las escaleras mientras el murmullo del comedor llegaba desde lejos con risas suaves y cubiertos chocando y esa

imagen asquerosa de la familia feliz disfrutando de la mañana que no les pertenecía Apenas crucé el marco, las sonrisas murieron de golpe, Martín, Rebeca y los niños quedaron en silencio mirándome como si no esperaran que bajara jamás Rebeca reaccionó primera con esa sonrisa falsa que me provocaba náuseas —Qué alegría verte por fin bajandoa desayunar, Melani, aunque no pensé que bajarías, mandé a hacerte el desayuno —intentó ponerse de pie como si le importara Me acerqué a la mesa y ellos esperaban que me sentara pero yo no lo hice —No voy a desayunar —dije con voz tranquila— voy a salir La expresión de Rebeca cambió al instante y vi cómo una idea venenosa le iluminaba los ojos porque, como siempre, se puso en modo víctima —Melani... yo sé que no quieres compartir la mesa conmigo... si te incomodo... si prefieres que me vaya...

Martín se giró hacia ella preocupado y los niños dejaron de comer intentando que no se vaya Pero antes de que alguno abriera la boca hablé yo —Por supuesto que no, Rebeca —respondí sin una pizca de emoción— no quiero desayunar porque no tengo hambre, me acabo de enterar de que mi hermana falleció, no tengo apetito, ¿por qué querría que te fueras?

Su cara se congeló y yo continué sin darle espacio a respirar —Lo que sí quiero es que acompañes a los niños a la escuela, les encanta que los lleves Los niños reaccionaron al instante —Sí —dijo Nicolás— mejor que ella nos lleve, es mejor que tú Sentí un pinchazo en el pecho porque pensaba en cómo soportaba esto mi hermana y aun así respondí simplemente dejando que la calma me alisara la voz —Entiendo, los dejo desayunar Di media vuelta pero Martín habló y me detuvo

—¿A dónde vas?

Las lágrimas me nublaban la vista y no sabía si lloraba por ellos, por Melani o por mí, quizá por todos Sentí un movimiento suave detrás y me giré un poco, era Santiago con la mirada baja y respeto sincero, lo había visto todo y no dijo nada porque sabía que no hacía falta El abogado lo investigó y su historia era real, su madre dependía de él, él era un niño de diecisiete años cargando un mundo que no era suyo, y ver cómo trataban a Melanie le recordaba a su madre Por eso me era leal, porque yo le recordaba a la mujer que perdió todo por culpa de un hombre Podía confiar en él, en un infierno lleno de traidores él era el único que tenía un corazón limpio Después de un rato logré ponerme de pie y limpié mis lágrimas aunque seguían cayendo sin permiso y Santiago se acercó un poco —¿Cuál es el plan, señora? —preguntó en voz baja Miré la lápida una última vez antes de responder —Primero... hay que deshacernos de él Señalé con la mirada hacia atrás donde el chofer

nos esperaba apoyado en el auto como si fuera un guardia de prisión y Santiago asintió despacio entendiendo —Yo también pienso eso —dijo— lo grabé todo, señora, lo de anoche, todo lo que le hicieron, ya lo envié al abogado —Bien —susurré— dos cabezas piensan mejor que una, ¿alguna idea?

Él respiró hondo —Creo que el chofer también les informa todo, si logramos que lo reemplacen tendremos más libertad, no sé cómo, pero podemos provocarlo, hacer que se altere, que parezca incapaz para el trabajo, o... —me miró— que Rebeca se queje Sonreí por primera vez en horas —Eres más inteligente de lo que pareces, Santiago El muchacho bajó la mirada casi avergonzado Nos quedamos un rato más hablando armando ideas en susurros mientras el aire helado nos cortaba la piel y el cielo gris parecía hundirse sobre nosotros y mis manos aún temblaban, pero aun así finalmente decidimos irnos

Y cuando llegamos a la salida... el auto no estaba, el chofer tampoco, miramos a todos lados sin encontrar nada.

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