Capítulo 26
Claudio Dios.
Estaba sentado revisando unos documentos, con esos lentes que siempre lo hacían ver como un CEO peligroso, la camisa blanca desabotonada en los primeros botones mostrando apenas un poco de clavícula, suficiente para molestarme, pantalón negro, reloj elegante, el cabello perfectamente peinado hacia atrás, parecía salido de una revista, no, peor, parecía salido de mis malditos recuerdos.
Me acerqué lento, intentando no temblar como idiota.
Él levantó la vista.
Y ahí ocurrió... se congeló, literal, se puso de pie de inmediato, alto, imponente, tan robusto como siempre, su sombra cubriendo la mesa mientras sus ojos recorrían todo mi cuerpo, cada detalle, desde mi cabello recién arreglado hasta mis botas nuevas.
No era una mirada morbosa, era una mirada analítica, de sorpresa, de... reconocimiento Car ba extraño.
—Melanie —dijo finalmente, su voz grave, profunda, igual de calmada que siempre—. Un gusto.
Y yo, como estúpida, tartamudeé —C... Claudio. El gusto es mío.
¿Por qué carajos siempre me ponía así?, era ridículo, pero inevitable, porque bastaba que él hablara para que mi estómago se apretara y mi respiración se volviera torpe, y aun así intenté mantener la compostura mientras me hacía un gesto cortés para sentarme, moviendo la silla con esa educación elegante que lo caracterizaba, y yo me acomodé intentando no quebrarme, consciente de que él seguía de pie un segundo más, observándome como si intentara descifrar algo que no lograba encajar.
—Te ves... distinta a las fotos.
Mi corazón se me fue a la garganta, no podía decir nada, no podía pensar, solo podía sentir cómo ese hombre, esa presencia, volvía a desestabilizarme como siempre lo hacía, como si me reconociera sin reconocermeе.
Claudio finalmente se sentó frente a mí, apoyó las manos sobre la mesa y entrelazó los dedos, su mirada firme clavándose en la mía, y supe... que él no era como Martín, porque Claudio veía, analizaba, descifraba, veía más allá de lo superficial, y yo estaba sentada frente a él usando otro rostro, con una historia falsa y un infierno a cuestas, rogando que no notara —Bien —dijo él, volviendo al modo profesional—.
Tenemos mucho que hablar.
Y yo tragué saliva, porque sí, tenía razón, esto recién empezaba.
Claudio no apartaba la mirada de mí y eso me ponía más nerviosa de lo que quería admitir, me observaba como si intentara reconstruir un recuerdo que no terminaba de cuadrarle.


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