Capítulo 36
Lo miré desde abajo, dejando que cada palabra saliera como un suspiro.
—Te quiero a ti —susurré—, te extraño.
—Estoy harto de tu comportamiento —escupió, pero ya sin tanta fuerza como antes—, harto de tus escándalos, harto de tus celos.
Su excusa favorita.
La misma que me daba ganas de romperle la cara.
¿Cómo no iba a estar celosa Melanie, pedazo de infeliz, si tú la empujaste a ese punto?
—Sí, soy celosa —admiti, dejando que mi voz sonara rota, desesperada—, y no me puedes culpar. Ya no me tocas, ya no me miras, todo el tiempo es ella, hasta siento que me odias...
Me acerqué un poco más, casi poniéndome en puntitas—. ¿Ya te olvidaste cómo éramos antes?
Cómo me tocabas... cómo me besabas...
El silencio que vino después lo dijo todo, sentí, como una corriente eléctrica, cómo su guardia iba bajando, cómo tragaba saliva ante mi cercanía, cómo un lado de él quería huir y el otro se quedaba clavado ahí.
Sin darle tiempo a reaccionar, tomé su rostro entre mis manos.
Se tensó aún más y, nervioso, me tomó las muñecas para separarme.
—Será mejor que descanses —dijo al fin, rompiendo la tensión.
Me soltó y dio un paso hacia atrás, como si necesitara espacio para respirar.
—Martín... —lo llamé, antes de que llegara a la puerta—. ¿Puedo darte un abrazo?
Se detuvo, sin girarse del todo, se le notaba en el rostro lo confundido que estaba, así que antes de que pudiera decir que no, lo abracé.
Rodeé su cintura con mis brazos, apoyé mi rostro contra su pecho y escuché su corazón acelerarse, cada latido subiendo un poco más, mi sonrisa se quedó escondida ahí, en su camisa, invisible para él pero muy real para mí.
—Te extraño, amor —susurré.
Sentí cómo su cuerpo se ponía rígido, cómo su
respiración se detenía un segundo, cómo estaba perdiendo la estabilidad que tanto le gustaba aparentar, alcé el rostro apenas, lo suficiente para encontrarme con sus ojos tan cerca que podía sentir su respiración sobre mi piel.
—Te necesito, Martín —murmuré—, te necesito mucho.
Él se quedó mirándome, estoy segura de que en su cabeza había mil cosas a la vez, recuerdos .........su mano subió despacio, por un segundo pensé que iba a acariciarme el cabello, que por fin iba а rendirse un poco, pero se detuvo a medio camino, apretó la mandíbula, me tomó de los brazos y me separó con cuidado.
—Es mejor que descanses —repitió, más frío.
Se giró y salió de la habitación... la puerta se cerró detrás de él... y yo sonreí, sintiendo cómo el aire volvía a mi cuerpo... lo estaba logrando.
Toda la noche estuve despierta, pensando en cada detalle del plan, en lo que escuché en la fiesta, en Rebeca y en cada movimiento que tenía que hacer para mantener a Martín a mi favor, no podía darles el gusto de verme como una loca ni dejar que me empujaran hacia un diagnóstico falso, necesitaba
que él confiara en mí o, al menos, que dudara de ella......



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