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Yo tomaré tu lugar romance Capítulo 38

Capítulo 38

—¡Te dije que no mientas más! —rugió Martin fuera de sí, con los puños cerrados y la vena del cuello saltada, jadeando como un animal.

Y los niños... los niños no dijeron nada, Nicolás ni se inmutó y se quedó al lado de Rebeca mirándome con desprecio, y Catalina escondió la cara entre sus faldas ... vi de reojo a Santiago, seguía grabando... y por eso no me levanté, por eso no dije ni una palabra, solo me quedé ahí... respirando hondo... dejando que las lágrimas corrieran solas...

porque esto sí lo iba a pagar.

Martín dio otro paso como si quisiera volver a tocarme, pero Rebeca lo detuvo fingiendo compasión con ese tono de falsa paz.

—Ya... ya está bien, por favor —susurró—, no le pegues más... no vale la pena... solo quiero encontrar mi collar.

Apreté los dientes... eso querían... eso habían querido desde el primer día... mostrarlea todos que yo estaba loca, que era una inestable, que enloquecía fácil, que perdía el control, que necesitaba ayuda psiquiátrica y una habitación cerrada.

—Está loca... —dijo la pequeña Catalina Al entrar a mi habitacion parecia como si fuera un basurero, empezaron a tirar mi ropa al piso, voltearon el colchón, abrieron cajones, botaron cajas, cuadros, todo, yo me quedé sentada frente a Martín, con la mirada clavada en el suelo, apretando las manos, dejando que las lágrimas se juntaran en mis ojos.

Pasaron minutos.

—No está, señor —dijo una de ellas al rato.

Martín me miró con desconfianza, con esa mirada que ya empezabaa conocer demasiado bien.

—¿Dónde lo escondiste? —preguntó.

Levanté la mirada, con lágrimas corriendo por mis mejillas.

—Martín, yo no necesito robar nada, tú me diste todo lo que tengo, ¿por qué haría algo así?

No dijo nada, y Rebeca lo aprovechó al instante, lloriqueando exagerado, diciendo que era obvio que yo lo había hecho, que siempre me tenía envidia y que su collar era especial, rogándome que se lo devolviera.

—¡Ya te dije que no lo robé! —grité, rompiéndome.

—Entonces lo escondió en otro lado —insistió—, estoy segura que fue ella, devuélveme mi collar, Melanie, ese collar es mío.

Levanté la cara despacio, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué me acusas a mí? —susurré, sintiendo la voz quebrarse—, yo no entré a tu habitación, no robé nada, Rebeca, si no me quieres dilo, pero no me pongas como ladrona delante de mis hijos.

—Guardias, registren toda la casa, cada rincón, y traigan a todos los empleados, nadie se va hasta que aparezca ese collar.

Los guardias corrieron por todos lados.

Bajamos al primer piso y nos reunimos en la sala como si fuera un maldito juicio, yo dejándome caer en el sofá con lágrimas silenciosas, Rebeса abrazada a Martín fingiendo debilidad, y los niños mirándome como si fuera una criminal.

—Yo sé que me odias —dijo sobándose la cara—, pero ese collar es especial, Martín me lo regaló, por favor, Melanie, devuélvelo.

—¡No lo robé, Rebeca! —grité, llorando como si me quebrara—, por qué me acusas así sin pruebas, y

yo estoy segura... —la miré con los ojos llenos de lágrimas— de que tú eres la que quiere culparme.

Los niños metieron veneno al instante.

—Solo está celosa, papá, por eso lo robó.

Malditos escuincles

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