Capítulo 48
Los dos volteamos al mismo tiempo y ahí estaba Rebeca, clavada en el marco, con los ojos abiertos de par en par, enormes, mirándonos como si hubiera encontrado un cadáver en lugar de una cama.
—...no —susurró al principio, casi sin voz—, no...
no, no, no...
La respiración se le aceleró de golpe y los ojos se le llenaron de lágrimas instantáneas, de esas que no son de dolor, sino de rabia, de ego herido.
—¿Qué es esto? —soltó al fin, la voz aguda, temblorosa—. ¿QUÉ M****A ES ESTO? —explotó.
Intentó entrar, pero se quedó a medio paso, como si el piso quemara.
—Rebeca... —dijo Martín, en tono de advertencia.
—¡CÁLLATE! —le gritó.
Entró a la habitación sin pensar, con la cara roja de coraje, desbordada, y no pude evitar sentir ese pequeño gusto amargo en el pecho, como si estuviera disfrutando el momento.
—¿Tú te crees que soy imbécil? —escupió—. ¡Toda la casa buscándote, los niños preguntando por ti y tú aquí... DESNUDO... en la cama con ella! Martín se pasó la mano por la cara.
—No quiero pelear, Rebeca —dijo, cansado—, ya fue suficiente con lo de ayer, ¿quieres armar otro escándalo más?
—¡SÍ, QUIERO HACER ESCÁNDALO! —gritó, fuera de sí—. ¡ME IMPORTA UN CARAJO! ¿Qué significa esto, Martín? ¡Respóndeme! Abrí la boca despacio, fingiendo que quería calmarla.
—Rebeca... —susurré—, entiendo que estés enojada, pero Martín ayer estaba solo, tú...
—¡Tú cállate, maldita!—me cortó—. ¡Aprovechaste que estaba borracho, verdad! ¡Sacaste provecho de nuestra pelea! Rodeó la cama sin pensarlo y vino directo hacia mí, me agarró del brazo con una fuerza que sí dolió y tiró, casi sacándome de la cama.
—¡Levántate! —escupió—. Fuera de aquí, voy a hablar con él a solas.
—¡Me estás lastimando! —lloré, jalando el brazo hacia mí—. Suéltame, por favor...
—Zorra —murmuró entre dientes, apretando másdebajo de esa cara de mosca muerta...
Me levantó casi a rastras, tropecé con la sábana y sentí un tirón feo en el codo, lo exageré al instante.
—¡Me duele! —sollozé—. Martín...
Él se incorporó al fin y la sábana se le cayó a la cintura, estaba completamente desnudo y Rebeca lo vio bien y se quedó un segundo en blanco.
—Te... acostaste... con ella —susurró.
La rabia le subió de golpe.
—¡TE ACOSTASTE CON ELLA, MALDITO HIJO DE PUTA! —rugió.


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