Capítulo 51
El médico de Santiago llegó, me revisó, movió la rodilla, miró la placa, puso esa cara de no es nada y escribió un diagnóstico bonito, contusión, posible fisura leve, reposo, medicación, cuidado... justo lo que necesitaba.
Al salir llevaba la radiografía en la mano, el papel con el sello, la receta y una venda ajustada que hacía la cojera mucho más creíble. Saqué el teléfono... marqué... tardó unos segundos en contestar.
—¿Sí? —sonaba cansado.
—Martín... —dejé que la voz se me quebrara un росо—, ya hablé con el doctor.
Hubo un silencio corto.
—¿Qué te dijo? —preguntó.
—Dice que mi rodilla está un poco fracturada — murmuré—, no es grave, pero... tengo que guardar reposo.
Del otro lado escuché su exhalación, larga.
—No... —suspiró—, no quería que esto pasara.
Clavé la mirada en la venda.
—Yo tampoco —susurré—, por eso voy a mantenerme alejada de Rebeca un tiempo... no quiero que me odie más... ni que se sienta mal... yo entiendo que los niños la aman... y no quiero que la vean como la mala que me hizo esto.
Lo dije despacio, con ese tono que ella usaba siempre, el de mujer preocupada, limpia, cuidando su imagen... cuidándolo a él.
—Tú no tienes la culpa —respondió—, ella fue la que entró gritando.
—Igual... —dejé que sonara resignado—, no quiero que piensen que vine a quitarles nada... solo quería... —bajé la voz— compartir un momento contigo...y mira todo lo que se armó.
Él se quedó callado unos segundos —¿A dónde vas ahora? —preguntó al fin.
—Voy a comprar ropa —contesté, suave—, ya que te gustó tanto ese camisón... voy a comprarme otros, de otros colores... ¿cuál te gustaría?
Del otro lado escuché cómo soltaba el aire por la nariz... tardó un momento en responder.
—Rojo —dijo.
Los dedos se me cerraron solos alrededor del celular.



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