Capítulo 8
La idea me golpeó tan fuerte que sentí el cueгро estremecerse.
Si Melanie realmente había intentado defenderse...
si había querido divorciarse... si había tenido miedo...
Tenía que haber dejado algo. Algún rastro.Alguna prueba.
Me levanté de la cama, aún adolorida, y comencé a revisar toda la habitación.
Primero la cómoda. Nada.
Los cajones inferiores. Ropa doblada, ordenada...
demasiado ordenada... como si alguien más lo hiciera por ella.
Revisé debajo de la cama. Nada útil.
Me acerqué al closet.
Suspiré antes de abrirlo. Ese lugar era... la tumba del estilo de mi hermana. pantalones oscuros, ella odiaba los pantalones. Zapatos que nunca usaría.
Chaquetas rígidas.
Pero algo no encajaba.
Melanie era organizada, sí. Pero no tanto. Su orden tenía alma. Este orden tenía miedo.
Deslicé mis dedos por la parte interna del mueble, buscando algo...hasta que sentí una ranura.
Un borde. Un pequeño hueco que no estaba a simple vista.
Me congelé. —¿Qué es esto...?
Presioné con los dedos. Sonó un clic casi imperceptible. El panel se abrió. Un escondite.
Un compartimento secreto dentro del closet.
Metí la mano y lo primero que toqué fue una caja pequeña, envuelta en tela vieja. La saqué con cuidado.
Luego un paquete de ropa: vestidos floreados. Los de ella.
Los que Martín había tratado de desaparecer.
Debajo había una carpeta gruesa, repleta de papeles. La tomé rápido, casi con desesperación.
Y ahí... justo abajo... lo vi.
Un pequeño cuaderno rosado. Desgastado. Con un lazo simple.
El cuaderno donde Melanie escribía desde que era niña.
Mi respiración se quebró.
—Meli... —susurré.
Ese cuaderno había sido su refugio, su mundo secreto. Lo que nadie podía tocar.
Y al lado, cuidadosamente colocada, había una cajita metálica.
La abrí.
Eran mis acuarelas. Las mismas que yo le había regalado cuando teníamos dieciséis años. Usadas, manchadas, rotas en las esquinas. Pero intactas.
Las había conservado.
Apreté los labios para no llorar.
Luego encontré otra caja, más pesada. La abrí con cuidado.
Eran joyas. Las joyas que nuestros padres le habían regalado: El collar de perlas de mamá. El anillo
sencillo de papá. Los pendientes que ella amaba.
Con razón no los veía nunca en ella. Con razón nunca los usó en esta casa.
Los había escondido. Los había protegido. Para que Martín y Rebeca no se los quitaran también.

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