JULIA RODRÍGUEZ
Liliana ni siquiera les dio tiempo a los guardias de voltear, simplemente salió corriendo en cuanto abrió la puerta. Fue un milagro que no se tropezara con las pantuflas que golpeaban sueltas contra el piso con cada zancada que daba. Cuando me asomé, la vi alejarse, sujetando la bata con firmeza de la retaguardia. Lo que parecía un plan para darme tiempo, no tenía por qué volverse una humillación pública para ella.
Salí a hurtadillas, aprovechando que todas las miradas estaban sobre ella. Incluso enfermeras y doctores se habían quedado estáticos a medio pasillo sin saber qué hacer. Me moví como un fantasma, fingiendo naturalidad mientras echaba un vistazo en cada puerta abierta de cada habitación, buscando con insistencia a Matt, preocupada, pero al mismo tiempo ansiosa por volverlo a ver. Mi corazón se aceleraba conforme más avanzaba y mis manos sudaban.
Entonces llegué a la única puerta que estaba cerrada. No había nada que me asegurara que Matt estaba dentro, solo el retumbar dentro de mi pecho y mi garganta seca. Mientras pensaba en qué diría o haría si él estaba consciente, abrí la puerta con suavidad, hasta que una voz me detuvo.
—Esa mujer sigue siendo un lastre en tus negocios… —susurró una voz femenina y malhumorada—. Tu matrimonio fue un peso muerto que tuvimos que cargar.
—¿Por eso no dijiste nada cuando perdí la memoria? —preguntó Matt molesto. Entonces me asomé un poco, lo suficiente para ver a una mujer rubia sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y el gesto frío.
—Discúlpame por esperar que las cosas se arreglaran y regresar a lo de antes, cuando no había mujer, ni siquiera Sharon, que pudiera meterse en lo nuestro —agregó con voz infantil mientras apoyaba su mano en el pecho de Matthew.
¿Sentía celos? ¡Demasiados! Aunque sabía que no debía importarme. Comencé a dudar en si irme arrastrando los pies con el ánimo por los suelos o entrar.
¡Entrar! ¡¿Por qué carajos no?!
Abrí la puerta con firmeza y una sonrisa. Tanto Matt como la mujer en su cama voltearon al mismo tiempo.
—¿Julia? —preguntó Matt intentando sentarse en la cama, pero la rubia lo detuvo, empujándolo por el pecho.
—Tienes que estar en reposo —sentenció sin quitarme la mirada de encima, arqueando una ceja con desdén.
—Solo quería saber como estabas —dije con una sonrisa rígida mientras mi corazón se aceleraba rebotando dentro de mi tórax, pero no de emoción, sino de rabia, odio, y muchos celos—. Me alegra ver que estás bien y que alguien cuida de ti.
—Rita… ¿puedes darme algo de privacidad? Necesito hablar con mi esposa —pidió Matt y la rubia torció los ojos con molestia.
—Creo que el golpe en la cabeza te afectó —intervine divertida, señalando su vendaje en su frente—. No soy tu esposa.
—No, no lo eres, solo eres la golfa mayor del harén de Santiago Castañeda —soltó la chica y después hizo cara de sorpresa, fingiendo estar arrepentida de sus palabras—. ¡Ups! No quise ser grosera.
—¡Rita! —exclamó Matt.
—¡Ya la oíste! No es tu esposa y no quiere serlo, deja de arrastrarte —sentenció furiosa, con los ojos llameando. Entonces me di cuenta de que era una mujer mucho más joven de lo que pensaba—. Y tú… si no quieres a Matt entonces aléjate de él, no vengas con esa sonrisa torpe fingiendo preocupación solo para tener una oportunidad más de rechazarlo. ¡Por tu culpa tuvo que quedarse con su familia de m****a cuando ya teníamos todo listo para irnos!
Gritó furiosa en mi cara y sus palabras me dejaron con un vacío en el estómago.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!