LILIANA CASTILLO
«Corre, corre, corre…», repetía mientras a los pocos metros ya estaba jadeando. ¡Dios! No tenía condición física para esto, el corazón se me estaba saliendo por la garganta, en cualquier momento lo iba a vomitar. Pegué la espalda en la pared y con una mano sobre mi pecho agitado, volteé hacia el par de hombres que me perseguían, ¡estaban muy cerca!
Cerré los ojos y me emberrinché, aun así, seguí corriendo, pero sabía que no lo haría por mucho tiempo, mis piernas se estaban acalambrando y mis pulmones ardían. ¡Nunca fui buena en deportes! ¡Me escondía en la clase de educación física!, y he de admitir que siempre buscaba un buen lugar para espiar a Santiago, siempre mostrándose como todo un Dios azteca, atlético y con sonrisa arrogante. ¡Maldito! ¡Por qué resultó mayate!
Y por no ir enfocada en mi huida terminé chocando con alguien y no solo eso, tirando el par de cafés que llevaba en las manos.
—¡Lo siento! —exclamé aterrorizada, sin saber si seguir corriendo o ayudar a ese pobre hombre con la camisa empapada adhiriéndose peligrosamente a su torso ejercitado. ¿Esos abdominales eran reales? Sin darme cuenta ya tenía mis dedos sobre su ropa mojada, sintiendo la fuerza de sus músculos con asombro.
Entonces lo vi, un pequeño tatuaje en la parte más baja de su abdomen, apenas asomándose por el borde de su pantalón, invitándome coquetamente a desabotonarlo para poder ver mejor sus trazos, aunque no era necesario, con lo poco que se veía podía deducir que era una P y una D entrelazadas.
—Mmm… ¿no eres la secretaria de JR? —preguntó una voz masculina que se me hizo bastante conocida. Cuando levanté la mirada me encontré con una sonrisa encantadoramente arrogante, una nariz casi perfecta que delataba que atrás tiempo se había roto y sanado algo chueca, y unos ojos marrones tan intensos. ¡Era ese tipo! ¡El que acompañaba al señor Grayson! ¡¿Cómo se llamaba?! ¡Carl!—. ¿Te gustan? De puro programar y café de máquina.
Entonces apretó sus músculos, haciéndolos brincar en mis dedos.
—¡Perdón! —grité dando un salto atrás, con las mejillas sonrojadas. ¡Quería meter la cabeza debajo del piso como un avestruz!—. Lo siento, no quise…
—Tranquila —dijo con calma encogiéndose de hombros—. Yo también estoy disfrutando del momento.
Entonces seguí la dirección de su mirada, el café no solo había transparentado su camisa, sino también mi bata. Todo el mundo podía ver el estampado de leopardo de mi brasier.
—¡Dios, ¿por qué a mí?! —exclamé abrazándome para ocultar mis pechos. No sabía que me daba más vergüenza de todo lo que estaba pasando.
—En serio, no pasa nada —dijo divertido, tirando los vasos vacíos al bote de basura y sacudiendo su chamarra que llevaba colgada del brazo—. Si te sirve de consuelo, creo que tienes lindos pechos.
Abrí los ojos con sorpresa e indignación, tanta que las palabras se me atoraban en la garganta mientras mi boca se abría y se cerraba como un pez boqueando fuera del agua. Entonces colocó su chamarra sobre mis hombros y la cerró con cuidado.
—Mejor… ¿no crees? —dijo con tanta gentileza que me olvidé de que había elogiado mis pechos. Era lindo, perverso y confuso.
—¡Ahí está! —exclamó uno de los hombres que me habían estado persiguiendo.
Volteé resignada. La travesura había llegado a su fin, no había manera de evitarlo, pero entonces el rubio me empujó detrás de él y les dedicó una mirada firme y determinada que provocó tensión.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!