LILIANA CASTILLO
La música a todo volumen hizo que casi se me saliera el corazón a medio sueño. Aún con el cerebro apagado, mi cuerpo brincó intentando salir de la cama. Terminé con la cara contra el piso y las sábanas enredadas en mis tobillos.
Me giré, apoyando la espalda en el piso, con mis piernas aún sobre la cama. Puse ambas manos en mi pecho mientras mi mirada aún dispersa se clavaba en el techo. El corazón se me iba a salir mientras las puntas de mis pies ya llevaban el ritmo de la canción que sonaba con intensidad por toda la casa.
Me arrastré a gatas hasta llegar a la puerta, me apoyé en el pomo y me levanté. Cuando abrí la música entró con más fuerza. Me asomé en ambas direcciones del pasillo, encontrándome con Julia asomada en su puerta, tan somnolienta y confundida como yo.
Salimos de nuestras respectivas habitaciones en modo «zombie» y nos saludamos con un gruñido que sonaba como un «buenos días».
Llegamos hasta la cocina, que era de donde salía la música y he de admitir que lo que vi fue adorable.
El pequeño Mateo estaba ahí, en un banquito, cortando el plátano en rodajas, llevando platos a la mesa, cargando la caja de cereal y la leche. Era encantador ver cómo arrastraba su banquito para alcanzar las cosas, mientras movía el trasero al ritmo de la canción y algunas partes las cantaba.
Julia se recargó en el borde del marco, cruzándose de brazos y con una sonrisa orgullosa mientras que yo lidiaba con mis ganas de comerme a ese niño a besos.
—Mateo… ¿qué haces? —preguntó Julia con una voz suave y maternal.
—¡Mamita! ¡Buenos días! —exclamó saltando de su banquito y corriendo hacia ella, abrazándose a sus piernas con fuerza.
De pronto me invadió la necesidad de tener un hijo. Ver la escena era tan conmovedor que mi útero gritaba: ¡Quiero uno así!
Entonces el pequeño soltó a su madre y se plantó frente a mí, con una carita arrogante y digna.
—Buenos días, Liliana —saludó con recelo. Quería ser educado, pero aún había ciertos rencores que no le dejaban ser del todo cálido—. ¡Hice el desayuno! —exclamó con emoción y alzando sus manitas. Tomó de la mano a su mamá para llevarla al comedor, a medio camino regresó arrastrando los pies y a regañadientes también tomó mi mano para llevarme, mientras Julia y yo compartíamos una sonrisa divertida.
No sabía que era más adorable, ver la ternura de niño que era con Julia, o esa versión indignada y fría que intentaba proyectar cuando se acercaba a mí.
—¡Hice «buevito»! —exclamó con emoción mostrándonos la sartén con huevo revuelto en la mesa. Me asomé y no parecía quemado ni tenía pedazos de cáscara, a decir verdad, olía bien—. Abuelita me dijo que tenía que aprender a ser un hombre independiente y me enseñó.
—¡¿Lo hiciste tú solo?! ¡¿Prendiste la estufa?! —Julia retrocedió pálida y con una mano en el pecho. Tenía razón, los niños y las estufas eran enemigos naturales. El pequeño Mateo torció los ojos y corrió hacia la puerta principal para abrirla y tirar del saco de uno de los hombres que siempre custodiaban la casa.
—Emilio me ayudó —sentenció con el ceño fruncido y levantó la mirada hacia el hombre que parecía confundido—. ¿Verdad que tú me vigilaste?
—Ah… sí… —dijo el hombre confundido y rascándose la nuca.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!