LILIANA CASTILLO
—Lo siento, saliste de sorpresa —contestó Carl levantando la comisura de su boca de esa manera que aceleró el corazón, y de repente el mal rato que había pasado dentro de la farmacia fue reemplazado por una risita tonta.
—Hola… —fue lo único que mi cerebro alcanzó a pensar.
—Hola —contestó Carl, satisfecho de lo que sabía que causaba—. Es lindo volverte a ver.
Quise esconder mi rostro entre mis manos y soltar un gritito agudo, pero sabía que sería demasiado, me delataría más de lo que mi risa tonta y mis mejillas rojas ya lo hacían.
—¿Quién está embarazada? —preguntó con calma, levantando la caja ante mis ojos. Entonces el pánico se apoderó de mí y mi sonrisa se hizo rígida.
—¡Yo no! —exclamé de inmediato, tomé ambas pruebas, las metí a mi bolsa y me levanté casi de un brinco—. Estoy completamente soltera y sin pretendientes, ¿cómo podría estarlo?
¡Ay, Dios! ¿Así o más urgida? Cerré los ojos y apreté los labios mientras comenzaba a negar con la cabeza.
—¿Qué hay de Santiago? Dijo que eras una de sus mujeres —agregó Carl entornando los ojos—. Eres una mujer muy bella, ¿quieres que te crea que no hay nadie detrás de ti? —agregó haciendo que mi corazón de nuevo se acelerara, a este paso me iba a dar un infarto.
—¡Ay! ¡No es cierto! —exclamé y le di un manotazo con la fuerza de mi nerviosismo—. ¡Perdón! ¡No quise empujarte!
Comencé a frotar su brazo, queriendo sobarlo mientras en el proceso sentía sus músculos debajo de la tela, dejándome sin aire. Cuando alcé la mirada hacia él, noté que esperaba una respuesta.
—Yo no… no soy una de sus mujeres, él… lo dice porque me aprecia, pero no hay nada entre nosotros. Yo… solo vine de visita por un tiempo y me está dando alojamiento en su casa, no hay nada más —agregué sin saber qué más decir para que me creyera. Entonces Carl tomó mi mano y la acercó a su boca.
—Me alegra saber que tengo el camino libre —soltó contra mis dedos antes de dejar un beso y yo… yo me derretí, sentí que mi sistema nervioso se había desconectado—. Tengo que irme, pero… espero volvernos a ver y que me aceptes un café.
Abrí la boca, pero no pude articular palabra. Me guiñó un ojo y retrocedió un par de pasos antes de dar media vuelta y alejarse, dejándome con la mente en blanco y el corazón agitado, latía con tanta fuerza que sentía una clase de dolor en mi pecho.
—¡Julia! —exclamé sin saber cuántos minutos habían pasado y yo seguía pasmada en la entrada de la farmacia.
Salí corriendo, regresando casi sin aliento hacia el auto que me esperaba del otro lado del tianguis.
Con la mano en el pecho y apretando la bolsa entre mis brazos, regresamos a casa. No pude evitar sonreír, pensando en Carl, había sido una salida provechosa.
***
JULIA RODRÍGUEZ
Mientras Mateo le ayudaba a Liliana a hacer el té en la cocina, yo permanecí sentada en el borde de la cama, con la mirada clavada en la ventana y el estómago revuelto. Giré la cabeza hacia el bote de helado de vainilla vacío, era lo único que había calmado los vómitos, aunque Mateo me ayudó, prácticamente me lo había comido sola.
Posé ambas manos en mi vientre y cerré los ojos con fuerza. ¿Era posible?
—No… no… tomé la pastilla, no puede ser posible —susurré mientras comenzaba a mecerme hacia delante y hacia atrás. Entonces busqué mi teléfono, presurosa y comencé a buscar:
«Efectividad de la pastilla de emergencia», borré. «¿Cuál es la probabilidad de que la pastilla no funcione?», volví a borrar y terminé dándome golpecitos con el teléfono en la frente.
¿Cómo le iba a explicar a Santiago? Aún no lo confirmaba, pero las náuseas y el helado eran determinantes, lo sabía, mejor que un ultrasonido o una prueba de embarazo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!