SANTIAGO CASTAÑEDA
—Está fuera de peligro —dijo el doctor atento a los papeles en su tabla, mientras mi mirada estaba fija en Julia, que dormía profundamente sobre la cama—, pero no debe de sufrir más emociones fuertes. Necesita mucho descanso y calma.
—Doc… no me pida eso —contesté con media sonrisa antes de levantarme del cómodo sofá—. Nadie que se mantenga a mi lado puede esperar calma, menos ella. Es mi prometida y cuando nos casemos lo que menos tendrá será descanso.
—Pues esta chica lo necesita y no está en negociación —sentenció con firmeza a lo que solo sonreí y negué con la cabeza.
De nuevo la vi ahí, postrada, inocente, ajena a lo que estaba por venir y aun así sintiendo cierta empatía hacia ella. ¿Estaría en contra de este matrimonio de la misma manera que yo? Si era así, tal vez no solo había encontrado a mi futura esposa, sino también a mi aliada.
Cuando pensé que pasaría una tarde tranquila esperando a que Julia despertara, mi celular comenzó a vibrar. Era mi padre quien llamaba.
—Tenemos una situación… —dijo en cuanto pegué el teléfono a mi oído.
—¿Por qué no te comunicaste directamente con mi ayudante? —pregunté carraspeando un poco para aclarar la voz.
—No hay tiempo. Movilízate con todos tus hombres. No la cagues. —Torcí los ojos, era inútil decirle que yo nunca la cagaba, no importaba cuantas veces regresara victorioso a casa, para mi padre no era suficiente para ganarme su confianza. Al parecer en este mundo todos eran unos pendejos menos él.
—Voy —respondí antes de colgar y comencé a avanzar hacia la puerta de la habitación.
—Ah… disculpe, no puede irse así, me comentó la enfermera que no ha proporcionado ciertos datos muy importantes para mantener a la señorita Rodríguez hospitalizada —dijo el doctor interponiéndose en mi camino, como si no me creyera capaz de arrojarlo a un lado o meterle un plomazo en el pie para que se quitara, pero dadas las circunstancias tenía que ser más… «diplomático».
—Me encantaría proveer todos los datos que necesiten de ella, pero la conozco tan bien como ustedes, dígase… nada —contesté encogiéndome de hombros.
—No me refiero a datos de ella, sino los de usted —agregó viéndome por encima de los lentes con reproche—. Ni siquiera tenemos su nombre, su dirección o número.
—Entiendo… —dije pensativo y levanté mi atención hacia uno de mis hombres que esperaba en la puerta—. La verdad es que no tengo tiempo, pero espero que puedan llenar los espacios en blanco para mí.
Mi ayudante dejó caer sobre la tabla del doctor un fajo bastante grueso de billetes, sus ojos se abrieron con sorpresa, pero no con desagrado.
—Como nombre, puede poner el de este renombrado caballero, Benjamín Franklin —dije con sorna mientras señalaba el fajo de billetes de cien dólares.
Sus ojos se turnaron entre el dinero y yo, antes de que, de manera disimulada, lo guardara en su bata.
—Señor Franklin, la señorita Rodríguez queda en buenas manos —respondió el doctor como esperaba.
Con un leve asentimiento, me acerqué a la cama donde descansaba Julia. Parecía tan apacible.
—¿Cómo puedes hacerme esto? ¿Todo por tus malditos celos? ¿Es en serio? —pregunté al aire, iracundo, hasta que sonó mi celular con insistencia—. ¡¿Qué…?!
—¿Señor Grayson? —preguntó una voz femenina y temblorosa del otro lado.
—Él habla —respondí con molestia mientras tenía ganas de lanzar el anillo por la ventana. No sabía si quería venganza o simplemente ahogarme en mi odio.
—Llamo del Hospital Santa Helena. Es usted el contacto de emergencia de la señorita Rodríguez. Ella fue recibida en urgencias y…
—¿Qué? —De pronto toda la rabia desapareció, como quien tira agua sobre tinta—. ¿De qué habla?
—Necesito que se presente. La señorita Rodríguez está hospitalizada en nuestras instalaciones por un incidente que tuvo en… —No dejé que terminara de explicar cuando colgué el teléfono y me dirigí hacia la puerta.
Mi cuerpo actuaba por inercia, mientras mi mente estaba en blanco. Todo el odio que había guardado, cada injuria que le había dedicado en mi cabeza simplemente había desaparecido en cuanto supe que estaba en el hospital.
Pasé ante mis sirvientes como una exhalación y con el corazón latiéndome en la garganta. Sin decir hacia donde iba, simplemente me metí al auto, y cuando iba a encender el motor, volví a sentir el anillo en mi mano que aún estaba hecha puño. La abrí y lo vi ahí, haciéndome recordar el día de nuestra boda, su sonrisa, esa que nunca volvió a usar para mí.
—¡Carajo! —Golpeé el volante antes de colocarme su anillo en mi pulgar y dirigirme hacia el hospital a toda velocidad.

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