MATTHEW GRAYSON
—¿Por qué, Matt? ¿Por qué te aferras a alguien que ya te olvidó? ¿Por qué te cuesta tanto seguir con tu camino? —preguntó Rita acercándose lentamente hasta apoyar su mano en mi brazo—. ¿No ves la oportunidad ante tus ojos? Ya no tienes que volver a esa empresa. Ya no tienes que seguir bajo el yugo de tus padres. Eres libre de hacer lo que siempre quisiste. ¿Por qué rechazar eso por una mujer que ya no te quiere? Puedes encontrar a alguien mejor, alguien que te trate con respeto y amor, que vaya en tu misma dirección.
—¿Cómo quién? —preguntó Carl entornando los ojos al ver a su hermana, haciendo que se sonrojara y desviará el rostro.
—Rita… sé que ese hijo es mío —contesté tomándola de las manos—. No importa si no lleva mi sangre.
—¿Qué? —preguntó ella confundida—. ¿De qué estás hablando? ¿Estás loco?
Me alejé de ella, di media vuelta y decidí regresar a mi despacho, justo en la puerta volteé hacia los hermanos con una amplia sonrisa.
—Quiero a Julia de vuelta… con todo su equipaje, con todos sus errores, con su odio, con su fragilidad, la quiero a mi lado entera, sin piezas faltantes. La quiero con Mateo y con ese bebé, no me importa si no es mío. ¡Es más! Ni siquiera pediré una prueba de paternidad. No me importa saberla. —Con una sonrisa y el pecho cargado de incertidumbre, me encerré en mi despacho, sediento por otro trago, intentando procesar todo de lo que me había enterado en tan poco tiempo.
Me dejé caer sobre el asiento, cansado, con la cabeza palpitándome, pero con su imagen. Julia no salía de mi cabeza y ahora que tenía mi memoria de vuelta, entendía que sus heridas, las que yo le había provocado, eran más grandes de lo que pensaba.
Pero eso no significaba que no pudiera curarla.
***
SANTIAGO CASTAÑEDA
Llegué a casa de noche, agotado, arrastrando los pies. Me planté frente a la puerta y saqué mi teléfono que no había dejado de vibrar. Tenía una larga fila de mensajes, todos de diferentes amantes, preguntándome si iría al club, si podríamos vernos, por lo general nunca los dejaba sin respuesta, pero esta vez me sentía cansado y con un peso en el pecho que me hacía imposible respirar con normalidad.
Abrí la puerta y me di cuenta de que las luces de la sala eran las únicas encendidas. Conforme avancé empecé a ver sobre los muebles botes de helado vacío, incluso pateé uno en cuanto rebasé el umbral que separaba la sala del resto de la casa.
Por fin las vi, habían juntado los sillones para acurrucarse juntas mientras comían helado y veían una película que parecía romántica. Cuando sintieron mi presencia, noté como Julia se tensó.
—Santiago… —susurró Lily intentando esbozar una sonrisa.
—La pastilla no funcionó. No es algo que planeara o quisiera, pero… tampoco significa que lo quiera perder —agregó y noté que estaba al borde del llanto por como sus ojos se llenaron de lágrimas y su nariz se enrojeció—. Lo que más me molesta o me duele es que… estoy consciente de que tú has sido el único hombre en mi vida que siempre ha estado ahí para mí, protegiéndome, diciéndome gorda mientras sujeta mi mano, y… eres el único al que he decepcionado y…
Las lágrimas interrumpieron sus palabras, cayendo pesadas por sus mejillas, tan grandes que incluso Lily comenzó a llorar en silencio, sintiendo lástima por su compañera.
—Lo estuve pensando y voy a empacar y me iré con Mateo —agregó Julia limpiándose las lágrimas con el dorso de sus manos—. Esto es mi culpa y me haré responsable. No te meteré en más problemas. No es justo.
—¿Lo dices por mis padres? Bueno, están tan ocupados en este momento que tal vez no se den cuenta de que ese niño tampoco es mío. —Intenté sonreír, pero no podía. Todo este tiempo intenté ser fuerte por los dos. Quise ser quien sostuviera a Julia hasta verla florecer, para que, ahora que ella estaba en la cumbre como artista y programadora, regresara el hijo de puta de Matt y lo echara todo a perder.
—¡Ese maldito hijo de puta! ¡Ese reverendo cabrón! —grité furioso y pateé uno de los sillones, separándolo de los demás—. ¡Lo tenías todo, Julia! ¡Todo! Tenías una empresa en crecimiento. Tu arte se vendía como pan caliente en las exposiciones, porque pintabas desde el corazón. Mateo estaba creciendo bien, sin problemas, sin dudas, sin incertidumbre. Teníamos una familia.
»¡Y ese hijo de puta vino a destruirlo todo con su pinche ambición de m****a! ¡Exigiendo y tomando lo que quiere a voluntad como si este fuera su territorio! ¡Te jodió! ¡Nos jodió!
Julia agachó más el rostro y en un intento por contener sus lágrimas, comenzó a respirar con fuerza, inflando sus mejillas cada vez que sacaba el aire por la boca.

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