JULIA RODRÍGUEZ
Me dolía el pecho, porque de todos los hombres que he tenido en mi vida, mi padre, mi padrastro, incluso Matt, Santiago ha sido el único que me ha mostrado lo que es un amor bonito, aunque no se trate de un amor romántico. Era como un hermano mayor, como un padre, como un mejor amigo y… lo único que me había pedido que evitara, fue lo primero que hice.
Liliana me acercó un poco de papel para secar mis lágrimas mientras que Santiago caminaba de un lado a otro, con la prueba en su mano, peinando su cabello hacía atrás como si quisiera arrancárselo. Estaba decidida, no podía seguir abusando de su caballerosidad, de su amistad y su cariño, no era justo para él ahora que tenía tantos problemas encima.
—Podemos divorciarnos —dije casi sin voz, porque una parte de mí sentía que si eso ocurría perdería para siempre una de las cosas más bonitas que he tenido en la vida: una familia de verdad—. No tienes que cargar con este nuevo bebé.
Sonrió y negó con la cabeza. Estaba decepcionado, lo sabía, lo conocía. Volteó lentamente hacia mí, mientras sentía como una lágrima se quería esconder en la curvatura de mi nariz y bajaba hasta mi boca.
—¿Cuál es tu plan? —preguntó acercándose lo suficiente, cruzándose de brazos mientras calculaba con la mirada—. Nos divorciamos y luego, ¿qué?
»Haciendo a un lado que quedarás completamente desprotegida y cualquier cabrón podrá robarte, golpearte o secuestrarte sin temor de mí o de mi familia, ¿qué piensas hacer? ¿En verdad piensas ser madre soltera de dos niños? ¿Cómo lo harás? ¿Rentarás un cuartito de azotea y compartirás baño con no sé cuántas personas más en una vecindad?
»¿Trabajarás 23 horas al día para que ni siquiera así logres llegar a fin de mes? Cuando tu barriga crezca, ¿cómo llevarás el paso? ¿Cómo conseguirás mantenerte viva tú y tus hijos?
Cada una de sus palabras caía sobre mí como agua fría y entumecía mis músculos. Me daba miedo porque sabía que de cierta forma tenía razón. No había manera de que las cosas funcionaran. No es que fuera a salir allá afuera y conseguir un trabajo bien pagado y una casa con una renta barata, pero tampoco es que hubiera otra opción.
No tenía palabras para debatir nada ni podía alardear de que las cosas serían diferentes para mí. Tal vez por la confianza que le tenía simplemente escondí mi rostro entre mis manos y lloré, lloré con todas las ganas del mundo, jalé aire cuando sentí que me ahogaba y seguí llorando.
—No llores así… —susurró Santiago más cerca y entonces sentí sus brazos rodeándome suavemente, con gentileza, pegándome a su cuerpo, escondiéndome contra su pecho—, mañana vas a despertar con los ojos hinchados y van a pensar que te pegué, como buen macho.
Intenté reír, pero terminé llorando con más ganas, aferrándome a su camisa como si al mismo tiempo me estuviera aferrando a la familia que no quería perder.
—Ya, gorda… —agregó y comenzó a mecerme con ternura—. Tranquila que de tanto esfuerzo se te va a salir el chamaco. No llores.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!