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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 114

SANTIAGO CASTAÑEDA

Me quedé estático frente al lugar, con las manos dentro de los bolsillos como si tuviera frío. Podía escuchar las risas de niños desde dentro, pero mis pies estaban clavados al piso, me sentía incapaz de entrar. Entonces una mujer de mediana edad, con un vestido floreado y una pesada bolsa colgando de su brazo se detuvo mientras buscaba dentro de su monedero las llaves de la puerta, en cuanto la abrió volteó hacia mí y me sonrió.

—¿Lo puedo ayudar en algo? —preguntó con la gentileza que le dedicaría a cualquiera de los niños que estaban adentró.

Ese era el orfanato que Alex se esmeraba tanto en proteger. Al que le hacía donaciones sin parar.

—Sí, yo… —se me trababan las palabras en la garganta—. Quería hacer una donación.

La mujer abrió los ojos y sonrió.

—Me gustaría más que viniera a adoptar, pero… las donaciones también ayudan —agregó con una risita cantarina antes de invitarme a pasar.

Entonces me quedé sin aliento. Había un enorme patio con algunos árboles y arbustos, los niños corrían con libertad y ropa nueva, en sus manos tenían juguetes que no parecían rotos ni sucios, por el contrario, como si apenas los hubieran sacado de sus cajas.

Me quedé en medio de todo, sorprendido. Cuando alcé la mirada me di cuenta de que las paredes estaban pintadas de tonos pastel, con personajes de dibujos animados adornándolas. No se parecía en nada a los orfanatos que había visto antes.

—¡Sarita! ¡¿Hoy qué vamos a comer?! —exclamó una niña con trenzas, dando saltitos con un vestido que se abría como paraguas cada vez que descendía.

—Vamos a comer pollo con verduras. Habrá flan de postre —agregó con emoción la mujer haciendo que los ojos de la niña relumbraran.

—¡Qué rico! —exclamó emocionada y regresó corriendo al jardín donde comenzó a informarle a los demás niños del menú. Todos parecían tan felices que me sentí mal. De pronto todos los lujos que había recibido en mi vida, desde que era niño, se sentían como un peso en el pecho que sabía a culpa.

—Hace tiempo las cosas no eran así —dijo la mujer que ahora sabía que se llamaba Sara, con un suspiro melancólico, pero una sonrisa cargada de esperanza. Comenzó a andar y me apresuré para alcanzarla y ofrecerme a cargar su bolsa. Me dio un par de palmaditas en la mejilla antes de seguir con el camino—. Como todos los orfanatos del país, no contábamos con los recursos necesarios. Me daba tanto dolor ver a mis niños con hambre, usando ropa que no les quedaba o estaba rota, haciendo sus juguetes con palitos y hojitas.

—Pensé que estos lugares estaban auspiciados por el gobierno —murmuré arqueando una ceja, mientras ella sonrió con amargura.

—Lo está —contestó encogiéndose de hombros, deteniéndose frente a unas puertas dobles—, pero la burocracia es horrible. Cada mes tenemos que meter la solicitud, se tardan dos meses en revisarla, tres en aprobarla y cuatro en depositar el dinero.

»Sí, depositan el dinero de esos cuatro meses, pero es una miseria y todo ese tiempo esperando nos quedamos sin nada, sin recursos, sin manera de subsistir. Hacemos colectas y el convento nos ha hecho fuertes muchas veces, sin embargo… no es suficiente, nunca es suficiente cuando se tiene a tantos niños creciendo al mismo tiempo. —Con un resoplido abrió las puertas de lo que parecía una cocina enorme.

Capítulo 114: Un orfanato lleno de esperanza 1

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