SANTIAGO CASTAÑEDA
—¿Qué hace aquí, señor «Castrejón»? —preguntó Alex con fastidio mientras caminaba por los pasillos, con los brazos cruzados y la mirada fija en el horizonte, rehusándose a verme a la cara.
—Te seré sincero, no planeaba encontrarte aquí —contesté entornando los ojos. Tuve que guardar mis manos en los bolsillos para contener mejor mis deseos de tocarla.
Entonces se giró abruptamente hacia mí, con su mirada feroz y llena de resentimiento.
—No te creo —sentenció—. No hay manera de que pueda creer nada de lo que dices.
—No tienes motivos para hacerlo. —Estiré mi mano hasta alcanzar la suya y hacerla girar hacia mí. Odiaba que me diera la espalda, porque no podía ver su hermoso rostro de muñequita de porcelana—, pero te juro que no te miento, nunca lo haría.
—Entonces respóndeme, ¿qué haces aquí? —preguntó con el ceño fruncido.
—Supe que este era el orfanato al que depositaste tus ganancias de la subasta —dije sin apartar mi mirada de la suya, incluso sin parpadear—. Tenía curiosidad. Quería saber más de ti. Quería sentir que no te había perdido del todo. No pensé que te encontraría.
—¿Perderme? Nunca me has tenido —contestó con firmeza, pateándome el corazón, soltando mi mano y retrocediendo, pero en vez de explotar de frustración, solo sonreí de medio lado.
—Ahora la que miente eres tú —agregué haciendo que sus ojos se abrieran con sorpresa e indignación.
—¿Qué es lo que quieres, Santiago? ¿Sexo? Ya lo tuvimos… lo conseguiste —dijo con actitud fastidiada, pero sus ojos delataban algo más profundo y doloroso.
—Quiero más —contesté tragando saliva con dificultad—. Quiero que confíes en mí. Quiero que me dejes entrar en tu vida. Alex… yo…
Antes de poder terminar de abrir mi corazón una vez más para que ella volviera a escupirle, uno de mis hombres se me acercó, interrumpiéndonos.
—Señor… —susurró sin despegar la mirada de Alex, como si estuviera valorando que tan peligroso era hablar enfrente de ella.
—Te dije que me esperaras en el auto —sentencié molesto, pero al ver su semblante nervioso e incómodo, me intrigó—. ¿Qué ocurre? Espero que sea bueno.
—Los chicos encontraron a alguien más con el tatuaje —dijo con seriedad.
—¿Lo capturaron? —pregunté volteando por completo hacia él. Ahora sí tenía toda mi atención.
—Eso intentaron, pero… colapsó sin explicación aparente, murió de pronto —contestó tomándome por sorpresa.
—¿Se suicidó? ¿Y están seguros de que no se equivocaron? —Me crucé de brazos mientras él sacaba su teléfono del bolsillo.
—No nos equivocamos, es el mismo tatuaje. —Entonces me mostró la imagen. Detrás de la oreja tenía la marca, idéntica, mismos trazos, esa P y esa D entrelazadas.
—¿Precisión quirúrgica? No lo sé… No lo creo… —sentencié con los brazos cruzados, recordando el incidente con Julia. Hicieron todo un desmadre en la avenida cerca del acantilado.
—Se dice que ellos, de alguna manera que nadie logra entender, consiguen información imposible de conseguir, lo que les facilita hacer su trabajo —agregó con firmeza y admiración. No estaba dispuesta a permitir que menospreciara a su equipo élite de criminales—. Robaron un banco en Nueva York, ellos ya estaban fuera cuando la policía había llegado y no se llevaron ni un solo billete, pero faltaba un diamante azul de 115 quilates.
—Ajá… ¿qué tiene eso de asombroso? —comencé a sentirme celoso por la manera llena de admiración de la que hablaba de ese grupo.
—Nadie sabía que ese diamante estaba resguardado en la bóveda del banco —contestó arqueando una ceja y con media sonrisa cargada de suficiencia—. La única persona que lo sabía era el dueño, un empresario bastante exitoso que había comprado el diamante en una subasta. Ni siquiera el director del banco sabía que tenía ese diamante dentro de sus instalaciones y la pregunta es… ¿cómo supieron dónde buscar? Sabían el banco correcto, la caja de seguridad correcta, y tenían el código de seguridad.
—No me convence… Tal vez el empresario armó todo el circo para cobrar el seguro —agregué torciendo los ojos, pero mi escepticismo solo hizo que su sonrisa se hiciera más grande.
—Todos sus golpes son certeros, sus objetivos demasiado claros, y no comenten errores —aseguró con la frente en alto.
—Si no cometen errores… ¿Por qué están siendo tan descuidados y qué es lo que quieren de mí? —pregunté entornando los ojos mientras el color de su rostro se despintaba.
—¿De ti? —inquirió casi sin voz—. ¿Cómo que de ti?
—Ya van dos ataques en mi contra —contesté con frialdad, evitando mencionar a Julia—. Mismos dos ataques que han fallado.
—Imposible… Ellos no fallan —aseguró viéndome de pies a cabeza, esta vez con preocupación.

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