LILIANA CASTILLO
Ya sabía yo el resultado, y aunque fui sincera, no me salvé de la prueba.
Sentada en la silla de los acusados, vi la prueba de embarazo en el escritorio del señor Castañeda, mientras el silencio se volvía cada vez más profundo e incómodo. El hombre permanecía sentado del otro lado del escritorio, se veía más avejentado y consumido. Sus pómulos marcados y sus ojos hundidos. La señora Carmen permanecía en el sofá, recostada como modelo de revista, luciendo un hermoso vestido y joyería. Era una mujer entrada en años, pero que aún conservaba esa actitud sensual y elegante.
De vez en cuando me dedicaba una mirada profunda y una sonrisa que intentaba ser comprensiva.
—¿Cuánto tiempo más vas a necesitar para quedar embarazada? —preguntó el señor Castañeda con molestia en cuanto vio la prueba negativa y la arrojó con odio al bote de basura—. ¿Creíste que tendrías toda la vida para embarazarte? ¡¿Crees que yo tengo toda la vida para esperarte?!
Gritó furioso y golpeó con ambos puños en su escritorio, haciéndome brincar y aferrarme con ambas manos a los descansabrazos de la silla. Quería hacerme pequeña y desaparecer.
—Amor, no seas tan brusco con ella —dijo Carmen levantándose y caminando hacia nosotros con un andar cadencioso y sereno—. Pobrecilla, tiene que compartir la casa con Julia y el niño. ¿De qué manera pueden tener intimidad Santiago si no tienen su propio nidito de amor?
Acarició mis cabellos con un cariño maternal fingido y cuando levanté la mirada hacia ella, me sonrió.
—Después de todo, nosotros pudimos concebir a Javier gracias a que me diste un lugar bonito donde podíamos vernos sin que tu esposa nos distrajera —agregó Carmen con una gran sonrisa, como si recordar esos viejos tiempos la llenaran de vida.
Entonces el señor Castañeda comenzó a toser con fuerza, hasta que el rostro se le puso morado. El pañuelo con el que se limpió la boca tenía manchas de sangre y mi corazón dio un vuelco.
—¿Está bien? —pregunté levantándome de la silla y queriendo acercarme a él.
—Sí pensé en ti para Santiago, fue porque al verte como toda una señorita me hiciste recordar a Carmen cuando era más joven. —Aunque sus palabras parecían llenas de nostalgia y buenas intenciones, no me hicieron sentir mejor. ¡Qué joda me acomodó! ¿Me estaba comparando con una mujer que había causado tanto dolor? ¿Una rompe hogares? ¿En eso me estaba convirtiendo? ¡No! ¡Yo no estaba rompiendo un hogar, yo formaba parte de él, de una manera algo extraña, pero lo hacía!—. No me decepciones. Concibe un hijo, uno que lleve nuestra sangre.
Abrí la boca y sentí como mi garganta se cerró, sabiendo que lo que diría podía ser muy peligroso, pero aun así tenía que intentarlo.
—¿Por qué no lo haría? Después de todo, ese tal Matthew Grayson fue su esposo cuando estuvo en Estados Unidos, ¿no? —agregó como si fuera cualquier cosa, de esa manera en la que las urracas malignas sueltan una bomba con inocencia, sabiendo todo el caos que va a provocar—. Bien dicen que donde hubo fuego, cenizas quedan.
El señor Castañeda se dejó caer en su asiento, posando su mano en su pecho, parecía que estaba intentando tranquilizarse para no sufrir de un infarto.
—Creo que lo mejor será que le demos algo de espacio —dijo Carmen enredando su brazo con el mío para sacarme del despacho. No pude evitar voltear hacia atrás repetidas veces, temiendo que, en cada intento, vería al pobre hombre muriéndose, hasta que la puerta se cerró detrás de nosotras—. Santiago es una vergüenza para la familia Castañeda, pero… ¿qué podíamos esperar siendo el producto de un vientre tan débil?
Entonces volteé hacia Carmen, quien avanzaba con el mentón levantado y la calma que adorna a la que se siente señora de la casa. Entonces me pregunté dónde estaba la señora Castañeda, de seguro escondida en su habitación, tolerando que la amante se paseara por todo el lugar.
—Hubo un tiempo en el que creí que no me merecía nada, solo desprecio. Que me había reducido a una sombra que era señalada por todos. La otra. La que se embarazó de un hombre casado. La que nunca será la señora. Nunca la catedral, solo una pequeña y olvidada capilla —dijo con rastros de dolor y rencor en la voz—. Hoy me doy cuenta de que fui más que la mujer que firmó el acta de matrimonio. Mientras ella le dio a Rafael un niño que se convirtió en un hombre que batea chueco, yo he regresado con un heredero digno.
»Y es lo mismo que esperamos de ti —agregó posando sus manos en mis hombros y sonriendo con orgullo—, pero no te preocupes, sé que convencer a un «hombre» como Santiago para intimar es imposible, pero no todo está perdido.

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