ALEX GARCÍA
Con los dientes apretados, vi a Santiago de pies a cabeza. Siempre radiante, arrogante y atractivo. Le daba órdenes a su empleado, con el ceño fruncido. Se veía tan sexy cuando hablaba con seriedad.
—No dejes que su muerte parezca suicidio, quiero que el resto de su gente crea que fuimos nosotros —dijo con firmeza mientras su empleado asentía—. Quiero que esos PD piensen que nosotros ya sabemos todo.
Inhalé profundamente intentando dejar de pensar en él, desviando la mirada, pero fue peor, su aroma entró por mi nariz y me aflojó las piernas. Era tan difícil lidiar con lo que sentía. Era como una droga, sabía que no me convenía, sabía que me haría daño, pero mi cuerpo la necesitaba.
Di media vuelta, queriendo desaparecer en completo silencio, irme del orfanato y esconderme en el convento. Enclaustrarme y recuperar algo de fuerza de voluntad, pero la mano de Santiago me tomó con gentileza de la muñeca, evitando que me fuera lejos. Cuando di la vuelta, su empleado se alejaba de nosotros.
—Deberías irte con él —susurré venciendo al nudo en mi garganta—. Si PD está tras de ti, lo mejor sería que…
—No les tengo miedo —contestó acercándose un poco más—. Lo que si me da miedo es que cada vez que intento acercarme a ti parece que te escapas de mis manos como si fueras agua.
»¿Qué tengo que hacer para que me creas, aunque sea un poco? ¿Qué tengo que decirte para que te quedes a mi lado?
—Jamás había conocido a alguien tan…
—¿Enamorado?
—Obsesionado —corregí con un suspiro—. Estás casado y yo soy una monja…
—Aún no —contestó pellizcando mi mentón y haciendo que levantara mi rostro hacia él—. Aún eres una novicia. Todavía puedes cambiar de parecer.
—Pero tú sigues y seguirás casado —agregué molesta, zafándome de su agarre y poniendo distancia entre los dos—. ¿Crees que voy a abandonar el convento por volverme tu amante?
Caminé furiosa de regreso a la cocina cuando adelantó el paso y se plantó frente a mí, deteniéndome con ambas manos en mis hombros.
—Ya te lo dije, lo que hay entre Julia y yo no es lo que tu crees. Por favor, dame la oportunidad de explicarme, solo te pido que me escuches —suplicó—. Solo eso. Dame uno solo de tus días y si después de hacer todas las preguntas y hablar hasta el cansancio sigues sin querer estar a mi lado, lo aceptaré y no volveré a molestarte.
—¿Lo prometes? —pregunté cruzándome de brazos y entornando los ojos.
—¿Qué? —inquirió retrocediendo.
—¡Eso! Dejar de molestarme —insistí arqueando una ceja.
—¿Me darás un día completo?, sin reproches, sin discusiones, solo dos personas hablando —advirtió haciéndome suspirar con cansancio.
—Sin tomarme de la mano, sin caricias, sin besos y, por supuesto, sin sexo —sentencié. Yo también tenía que dejar las cosas claras, aunque en el fondo estaba tentada por tener ese día con Santiago. Mi corazón se alborotaba de solo pensarlo.
Guardó silencio un par de segundos, intimidado por mi petición.
—Aprendí en el convento y se volvió mi terapia ocupacional —dije viendo con atención el flan que había rescatado, antes de dárselo a Andrea, la pequeña niña sentada al lado de Santiago.
Aunque hubiera aceptado pasar el día con él y escuchar sus justificaciones, eso no significaba que dejaría a un lado mi rutina en el orfanato. Así que gran parte de la plática la habíamos llevado al comedor, entre los niños.
—Tome, señor —dijo Andrea ofreciéndole el flan.
—Vaya, qué niña tan considerada —contestó Santiago tomando el flan ante mi mirada irritada.
—¡Solo prometa que cuando se case con Alex vendrá a adoptarnos a mi y a mi hermano! —exclamó Andrea con emoción, y su hermano que estaba sentado al otro lado le brillaron los ojos de alegría.
—¿Perdón? —la pregunta se me estaba atorando en la garganta.
—Trato hecho —agregó Santiago estrechando la manita de Andrea quien de inmediato abrazó a su hermano, ambos alegres por saber que ya tenían un hogar esperándolos—. No es la primera vez que crío hijos que no son míos.
Santiago se encogió de hombros y vio con resignación el flan, mientras yo volvía a arrebatárselo antes de que lo probara, regresándoselo a la niña. Me levanté del enorme comedor, con los platos en mis manos para llevarlos a la cocina.
Ya sabía que Mateo no era hijo de Santiago, y ya había visto el amor que le tenía al niño. Me quedaba claro que no mentía, por lo menos no en eso. Dejé los platos en la tarja, me apoyé en el borde y suspiré.
—No es queja —dijo Santiago remangándose la camisa y comenzando a lavar los platos—. La familia que tengo no es la que soñé, pero es mil veces mejor. No pienso decirte que odio la vida que tengo, que las mujeres en mi casa son solo desconocidas y que no siento absolutamente nada por ellas.

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