ALEX GARCÍA
—Prometí serte sincero y lo estoy siendo —dijo Santiago en cuanto lo volteé a ver con reproche—. Julia es mi mejor amiga, ha pasado cosas difíciles y solo me tiene a mí como apoyo. Liliana, bueno, con ella las cosas fueron complicadas al principio. A veces parece tener la cabeza hueca, otras te sueltan lecciones de vida que no te esperas. Es tierna, explosiva… y la adoro.
»Nunca las he tocado para otra cosa que no sea abrazarlas. Son como… el par de hermanas menores que nunca quise, pero que ahora estoy seguro de que no podría vivir tranquilo si algo les pasa. —Entonces volteó hacia mí, intentando descifrar mi rostro—, sé que lo que te diré será una de las tantas cosas que te rehúses a creerme, pero desde que te conocí en ese club, desde que te salvé de ese hombre al que le robaste, no he estado con nadie.
»Todos los amantes se fueron, o más bien, yo no regresé, porque… me descubrí a mí mismo pensando en ti, solo en ti, y entre más te conozco, más te admiro… y entre más te admiro… más me enamoro de ti.
Levanté la mirada hacia él, sin aliento, sin palabras, solo una presión en el pecho y un nudo en la garganta. Tragué saliva y escuché desde la puerta entreabierta un coro de risitas. Cuando volteé vi cabecitas de niños, una encima de la otra, viéndonos con atención y los ojos llenos de ilusión. La pequeña Andrea suspiraba emocionada.
—Cuando nos casemos, eso será lo primero que haré, adoptar a ese par —dijo Santiago con media sonrisa mientras yo me atragantaba con mi propia saliva. Entonces lo tomé del cuello de la camisa, acercándolo hacia mí.
—Primero preocúpate por divorciarte —sentencié molesta y como respuesta su nariz se frotó con la mía, como si fuera un dulce cachorrito, haciendo que me ruborizara y que mi corazón se acelerara. Nunca nadie me había visto de la manera en la que él me veía, con tanta atención y ternura. Me ponía nerviosa.
—¿Ahora qué? ¿Cuál es el plan? —preguntó acercándose en cuanto le di la espalda, buscando un poco de calma para recomponerme.
—Pienso pasar todo el día aquí, así que… si crees que es aburrido puedes irte a arreglar tus cosas. Supongo que ya hablamos lo suficiente. No es que haya algo nuevo que quieras compartir —contesté con firmeza y el silencio me hizo voltear abruptamente hacia él, encontrándome con una mirada profunda y reflexiva.
—Sí esos PD son tan peligrosos como dices, si son tan letales y efectivos, entonces… mis días están contados, ¿no? —preguntó arqueando una ceja y rascándose la barbilla—. Este podría ser mi último día de calma antes de morir así que… ¿por qué no? Me quedaré contigo.
El estómago se me retorció. Santiago era un hombre fuerte y peligroso, pero también era conocido por ser temerario. ¿Debía de temer por él? ¿Era una posibilidad que esos hombres le hicieran daño o lo mataran?
—Si estás intentando manipularme de manera sentimental… —sentencié con molestia, aunque en el fondo estaba aterrada.
—¿Manipularte? No… desde que nací estoy consciente de que la vida es un albur, y más si me dedico a lo que me dedico —contestó con tranquilidad, acercándose más a mí—. Tengo pocos días buenos como este. Si el día de mañana voy a morir por este grupo de gringos o por otro cartel o enemigo, me iré con un buen sabor de boca, recordando que tuve la suerte de compartir un momento con la mujer de la que estoy perdidamente enamorado.
»No todos en mi gremio tienen tanta suerte. —Me guiñó un ojo mientras mi corazón se derretía y en el fondo sabía que comenzaba a ceder, que seguir resistiéndome era inútil, que… tal vez este día no solo era valioso para él, sino para mí también.
Si al final esto no está destinado a ser, por lo menos podré recordarlo con cariño cada día que pase en el convento como una monja, ¿no?
LILIANA CASTILLO
Sí, seguí a Carl y a esa chica tan cariñosa, como una maldita tóxica psicópata lo haría, viéndolos a la distancia mientras en mi mente ya estaba proyectando diferentes situaciones, desde una escena explosiva en la calle o una bofetada acompañada de silencio, pero… ¿era correcto? Después de todo solo habíamos tenido pequeños coqueteos que tal vez yo había malinterpretado.
Entonces llegaron a una enorme casa, una mansión elegante que hacía poco había estado en venta. Debía de pertenecer a Matt.
Corrí, creyendo que podría encontrármelos «casualmente» antes de que entraran y «casualmente» armar mi numerito de celos que ya había practicado en mi mente, pero mi condición física era un asco y cuando llegué a las rejas que separaban la propiedad, ellos ya estaban dentro. Saltarme y pasear «casualmente» en su jardín ya sería mucho… o ¿no?
—Te veo adentro, tengo que atender una llamada —dijo la chica antes de darle un golpecito en el brazo a Carl. Este siguió derecho, pero ella se apartó, yendo hacia la parte más frondosa, donde los árboles cubrían todo con su follaje, como si no quisieran que el sol pasara a través de sus ramas.
La curiosidad pudo más, por no decir que el chisme es mi pasión, y caminé pegada a la reja, viendo entre los barrotes con disimulo, hasta que me di cuenta de que no iba a atender una llamada. Por fuera de la reja ya había alguien esperándola y tuve que esconderme para que no me vieran.
—Pensé que eran los mejores… —sentenció la mujer con arrogancia y vio a la chica con desprecio. Una plática entre rubias no podía augurar nada bueno.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!