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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 120

LILIANA CASTILLO

—Somos los mejores —respondió la rubia que iba con Carl, cruzándose de brazos y viendo con recelo a la rubia del otro lado de la reja.

—Entonces… ¿por qué no han logrado matar a Julia? ¡Es solo una mujer! —exclamó furiosa.

—¡Shhh! —La rubia número uno sacó la mano de entre los barrotes, queriendo silenciar a la rubia número 2—. Es complicado, ¿entendido?

—Mientras Julia siga viva, ni tú ni yo tendremos lo que queremos, Rita —dijo la rubia número dos. «Rita, Rita, Rita», repetía dentro de mi cabeza, no quería olvidar ese nombre—. Acaba de una buena vez con ella.

—¿Sabes lo complicado que es intentar matar a la esposa de un narcotraficante? Ya he perdido varios hombres por intentar alcanzarla y la última vez casi pierdo a Matt. —La tal Rita agachó la mirada y se aferró a los barrotes con melancolía y algo de arrepentimiento.

—Pues haz las cosas mejor. No puedo creer que la reputación de PD esté fallando aquí. ¿Solo son buenos en Estados Unidos? —reclamó la primera mujer, ganándose la mirada asesina de Rita—. Mi hijo no va a nacer sin un padre. ¿Me escuchaste? Mata a Julia antes de que el divorcio termine de ser revocado. Te estás quedando sin tiempo.

Mi cerebro iba a explotar en cualquier momento con datos que no tenían mucho sentido, otros que sí, pero todos eran importantes y tenía que recordarlos cuando regresara a casa y gritara a todo pulmón: ¡Julia, te quieren matar! Aunque a esas alturas lo más seguro es que Julia ya lo sospechara.

Entonces un grito se atoró en mi garganta cuando una mano cubierta de piel negra cubrió mi boca y otra se deslizó por mi talle de manera atrevida. Los ojos se me abrieron hasta casi chisparse y cuando el hombre tiró de mí para alejarme, mis manos seguían enganchadas a los barrotes de los que me sostenía.

Una, dos, tres veces tiró de mí, pero mis manos no se soltaban, entonces, con mi espalda pegada a su pecho y su mano aún adherida a mi boca, ambos nos volteamos a ver. Era Carl, quien arqueó una ceja mientras yo sonreía tímida, aunque su mano ocultara la mitad de mi rostro.

—¿Qué haces aquí, muñequita? —susurró casi en mi oído, sin soltarme, y sentí que las piernas me temblaban. Lentamente solté los barrotes y doblé las rodillas. Una de sus manos liberó mi boca, pero la otra me seguía sosteniendo.

—Qué fuerte eres… —murmuré recargando mi cabeza en su hombro, asombrada de que me estuviera cargando con un solo brazo y obteniendo una media sonrisa, de esas que luego lucen los galantes de las novelas, arqueando una ceja como si no pudiera con el halago.

—Más bien, tú eres muy ligera —contestó con su rostro tan cerca del mío que podía imaginar un beso muy romántico en ese momento.

—¿Ligera? Después de la torta monstruo que me comí en la mañana me parece una mentira, pero gracias. A parte de fuerte, caballeroso. Qué lindo detalle para mi autoestima que minimices mi peso —dije de corrido y terminé con un suspiro.

—¿Puedes poner tus delicados pies en el piso? —preguntó con gentileza sin apartar la mirada de mí, aunque su sonrisa ya se había agrandado después de mi torpe manera de coquetear—. Empiezo a cansarme un poco.

Suspiré profundamente y sin despegar mis ojos de los suyos, busqué el piso a tientas. Mi corazón estaba tan acelerado que sentía que se me iba a salir del pecho.

—¿Carl? —escuché a esa mujer detrás de él. Rita—. ¿Quién es ella? ¿Qué haces aquí?

Capítulo 120: ¡No me digas que me calme! 1

Capítulo 120: ¡No me digas que me calme! 2

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