MATTHEW GRAYSON
—Soy Matthew Grayson… —Reconocía el hospital como uno de los más caros y reconocidos de la ciudad. En la recepción la mujer tecleó mi nombre con manos hábiles y una sonrisa robótica en la cara.
—Sí, el contacto de emergencia de la señorita Julia Rodríguez —contestó mostrándome su dentadura blanca y perfecta—. En un momento una enfermera lo llevará a su habitación.
—¿Por qué la ingresaron con su apellido de soltera? —pregunté con el ceño fruncido y la voz fría.
—No entiendo… —respondió sin perder su sonrisa rígida.
—Soy su esposo. Ella está casada. Es Julia Grayson, no Rodríguez —sentencié molesto y antes de que me contestara, una mujer menuda con su impecable uniforme blanco se me acercó.
—¿Señor Grayson? —interrumpió un doctor viejo antes de que la mujer pudiera explicarse—. Usted disculpará, pero… se ingresó con ese apellido por equivocación. Nadie aquí sabía que estaba casada.
Suspiré molesto. De seguro era culpa de Julia, se estaba tomando muy en serio su idea de alejarse de mí. Era tan orgullosa y testaruda.
—Por favor, sígame, señor Grayson —agregó el doctor metido en los documentos en su tabla.
Con molestia lo seguí, recorriendo pasillos y pasillos, pasando desde las zonas más modestas hasta que terminamos en el área VIP del hospital, donde había sillones acojinados en la pequeña sala de espera, con mesas cerca de tomas de corriente, una pequeña cafetería «gourmet» para los familiares de los pacientes, mientras que cada habitación era individual, amplia y con la calidad cinco estrellas.
¿Por qué la habían puesto en una habitación así si no sabían que era mi esposa?
Con cada paso que daba, más se me fruncía el ceño. En cuanto el doctor abrió la puerta la vi recostada en la cama, con aspecto pálido y la mirada perdida en la ventana. Parecía una muñeca rota.
Apenas puse un pie dentro, cuando ella volteó hacia mí. Sus ojos se abrieron y se removió en la cama.
—Matthew… —susurró mi nombre y sin darme cuenta ya estaba al lado de ella, inspeccionando cada centímetro de su cuerpo que no cubría la sábana.
—¿Qué fue lo que ocurrió? —pregunté tomándola por el mentón, obligándola a levantar el rostro hacia mí.
—Un incidente en un callejón. Dos hombres intentaron agredirla y…
—Y estoy bien. —Julia interrumpió al doctor, dedicándole una mirada molesta, antes de empujar mi mano con las suyas—. No era necesario que vinieras, yo…
—Déjenos solos —exigí al doctor sin poder apartar los ojos de ella, quien luchaba por sostenerme la mirada.
El doctor arrastró sus pies en silencio hasta que por fin la puerta se cerró y el silencio se cernió sobre nosotros.
—Matthew, lamento que te hayan llamado. De haber podido lo habría evitado. Sé que estás muy ocupado y no planeo quitarte más tu tiempo —dijo Julia agachando la mirada mientras se agarraba las manos sobre su regazo.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!