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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 13

MATTHEW GRAYSON

—Soy Matthew Grayson… —Reconocía el hospital como uno de los más caros y reconocidos de la ciudad. En la recepción la mujer tecleó mi nombre con manos hábiles y una sonrisa robótica en la cara.

—Sí, el contacto de emergencia de la señorita Julia Rodríguez —contestó mostrándome su dentadura blanca y perfecta—. En un momento una enfermera lo llevará a su habitación.

—¿Por qué la ingresaron con su apellido de soltera? —pregunté con el ceño fruncido y la voz fría.

—No entiendo… —respondió sin perder su sonrisa rígida.

—Soy su esposo. Ella está casada. Es Julia Grayson, no Rodríguez —sentencié molesto y antes de que me contestara, una mujer menuda con su impecable uniforme blanco se me acercó.

—¿Señor Grayson? —interrumpió un doctor viejo antes de que la mujer pudiera explicarse—. Usted disculpará, pero… se ingresó con ese apellido por equivocación. Nadie aquí sabía que estaba casada.

Suspiré molesto. De seguro era culpa de Julia, se estaba tomando muy en serio su idea de alejarse de mí. Era tan orgullosa y testaruda.

—Por favor, sígame, señor Grayson —agregó el doctor metido en los documentos en su tabla.

Con molestia lo seguí, recorriendo pasillos y pasillos, pasando desde las zonas más modestas hasta que terminamos en el área VIP del hospital, donde había sillones acojinados en la pequeña sala de espera, con mesas cerca de tomas de corriente, una pequeña cafetería «gourmet» para los familiares de los pacientes, mientras que cada habitación era individual, amplia y con la calidad cinco estrellas.

¿Por qué la habían puesto en una habitación así si no sabían que era mi esposa?

Con cada paso que daba, más se me fruncía el ceño. En cuanto el doctor abrió la puerta la vi recostada en la cama, con aspecto pálido y la mirada perdida en la ventana. Parecía una muñeca rota.

Apenas puse un pie dentro, cuando ella volteó hacia mí. Sus ojos se abrieron y se removió en la cama.

—Matthew… —susurró mi nombre y sin darme cuenta ya estaba al lado de ella, inspeccionando cada centímetro de su cuerpo que no cubría la sábana.

—¿Qué fue lo que ocurrió? —pregunté tomándola por el mentón, obligándola a levantar el rostro hacia mí.

—Un incidente en un callejón. Dos hombres intentaron agredirla y…

—Y estoy bien. —Julia interrumpió al doctor, dedicándole una mirada molesta, antes de empujar mi mano con las suyas—. No era necesario que vinieras, yo…

—Déjenos solos —exigí al doctor sin poder apartar los ojos de ella, quien luchaba por sostenerme la mirada.

El doctor arrastró sus pies en silencio hasta que por fin la puerta se cerró y el silencio se cernió sobre nosotros.

—Matthew, lamento que te hayan llamado. De haber podido lo habría evitado. Sé que estás muy ocupado y no planeo quitarte más tu tiempo —dijo Julia agachando la mirada mientras se agarraba las manos sobre su regazo.

Agachó la mirada y apretó los ojos, como si fuera víctima de un dolor que no podía controlar. Entonces solté su mandíbula, dándole algo de espacio.

—Usé un anillo todos estos años —dijo con una sonrisa rota y la mirada clavada en las sábanas—, pero… en realidad solo fui tu amante. Me trataste como tal. Siempre oculta, siempre detrás de ti. Me usaste como tu muñeca sexual cada noche hasta que te saciabas.

»¿Alguna vez te importó cómo me sentía? —preguntó viéndome directo a los ojos, como si en verdad le preocupara la respuesta de esa pregunta que ni siquiera me dejó contestar—. No, solo te importó que yo te diera todo de mí, sin tú darme nada a cambio, nada que valiera la pena.

—¿Nada que valiera la pena? ¿Qué hay de ese reloj con diamantes o el vestido de seda del loto que te compré? —pregunté indignado, sintiendo que era una malagradecida que no apreciaba los detalles que le ofrecía.

—Nada de eso vale la pena… todo lo que puedas comprar con dinero, nunca será suficientemente bueno como lo que puedes pagar con tiempo y dedicación —respondió por fin levantando la mirada hacía mí, como si cada palabra le doliera—. Por favor, faltan 28 días para que esto acabe, te lo suplico, ya no puedo seguir sirviéndote como tu juguete sexual. Déjame libre, déjame regresar a casa. Libérame. Tenme algo de piedad después de todos estos años de usarme hasta el cansancio.

Sus ojos suplicaban al borde de las lágrimas, mientras que mi cuerpo se tensaba por su petición. Sabía que la vida que le daba no era perfecta, pero era tan buena como la que tenía cualquier mujer en su posición, sin embargo, ella no la quería y entre más se rehusaba a quedarse a mi lado, más me llenaba el pecho de coraje e indignación.

Me incliné sobre ella y la tomé por el mentón, mientras mis ojos se deslizaban por su carita de muñeca hasta que se detuvieron en sus labios rosados.

—No… —susurré pegando mi frente a la suya, sentenciándola—. Eres mía, aunque me odies.

Antes de que pudiera reclamar, la besé con desesperación y me aferré a su cuerpo con ambas manos, estrechándola contra el mío, como si de eso dependiera que se quedara a mi lado.

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