LILIANA CASTILLO
Sus labios eran suaves y se movían tiernamente sobre los míos. No supe en qué momento cerré los ojos y me dejé llevar. Sus manos me sostuvieron por la cintura, pegándome a su cuerpo mientras mis brazos rodeaban su cuello.
Cuando su boca se separó de la mía, sentí frío en los labios. Permanecí un par de segundos aún con los ojos cerrados, esperando a ver si su boca regresaba, pero cuando me di cuenta de que no lo haría, por fin separé mis párpados, encontrándome con sus hermosos ojos marrones, viéndome con una mezcla de calma y ternura que me desarmó, y me hizo olvidarme de que aún estaba parando la trompita.
—Entonces… ¿vamos por un café? —preguntó con esa sonrisa que calmaba a mi corazón acelerado y solo asentí. Aún me sentía como en un sueño. Liberó a regañadientes mi cintura y me tomó de la mano—. No conozco mucho los alrededores, pero hay un lugar que me encanta. Me imagino que tú ya lo conoces.
En cuanto comenzamos a andar, una descarga eléctrica atravesó mi cuerpo. «PD», lo habían mencionado ese par de rubias, las mismas letras que Carl tenía en el abdomen, las mismas letras que parecían pertenecer a un grupo criminal que quería matar a Julia. ¿Carl estaba involucrado en eso? ¿Quería matar a Julia? Entonces… ¿yo qué era? ¿Una distracción? ¿Alguien a quien manipular para llegar a Julia?
La sangre se me heló y el cosquilleo en mis labios dejó de ser cálido y comenzó a doler. ¿Carl me estaba usando? Entonces volteó y me dedicó esa sonrisa perfecta que esta vez no detuvo mi corazón, pero si lo fracturó.
Tenía dos opciones, correr o quedarme para averiguar más.
Apreté los labios y esbocé una sonrisa nerviosa como respuesta, mientras mis pies temblorosos seguían su camino. Mis ojos bajaron hacia nuestras manos entrelazadas y un suspiro decepcionado me salió por la nariz. ¿En verdad este chico que parecía un sueño hecho realidad… solo me estaba utilizando? Ese beso, ese coqueteo, esas sonrisas… ¿no significaban nada?
¿Cómo se puede dejar de idealizar a alguien con quien ya soñaste tener hasta una familia? ¡Me lleva la…! Incluso ya tenía el nombre del perro que íbamos a adoptar. ¡¿Por qué?!
Tuve que aguantar mis ganas de hacer berrinche y tomarme las cosas más en serio.
***
ALEX GARCÍA
—¿Me estás diciendo que no tengo permitido secuestrar a la muñeca? —preguntó Santiago como si le estuviera hablando en chino.
—¡No! —exclamé arrebatándole el juguete de la mano y regresándosela a Andrea que la estrechó con todas sus fuerzas, como si hubieran pasado años de no verla—. ¿Qué cosas les estás enseñando a los niños?
—Pero si solo le íbamos a dar una… ¿paseadita? —dijo David, el hermano de Andrea.
—¡Sí! ¡El señor Castrejón dijo que sería un «secuestro express»! —exclamó otro de los niños.
—Pero… ¿sabes qué? —pregunté dándole una palmada en el pecho a Santiago que aún no parecía comprender por qué estaba molesta—. Es mi culpa por dejar que alguien como tú se acercara a los niños.
—¿Ahora qué hice? —inquirió sorprendido—. Solo estamos jugando.
—¡¿Jugando?! Parece que los estás preparando para que reemplacen a tus hombres cuando crezcan —sentencié y él solo entornó los ojos, como quien admite una buena idea—. ¡Santiago!
—¿Me besaste? —preguntó tranquilo, como si nada de lo que ocurría le diera miedo—. Pensé que nada de agarrarse las manos ni besos. Esas fueron tus reglas, traviesa.
—Eres un idiota —sentencié intentando sonreír, pero no pude.
—Un idiota que te adora —contestó antes de inclinarse hacia mí y darme un beso más, está vez suave, como una caricia.
De esa manera atravesó la puerta, dejándome con los hombros caídos y los pies clavados en el piso, mientras el caos se escuchaba afuera. Retrocedí con el corazón latiéndome en la garganta.
Era una ladrona, no una peleadora ni una mercenaria. No había nada útil que pudiera hacer si salía con él, y sabía que era lo suficientemente fuerte para enfrentarse a lo que fuera que estuviera pasando. No por algo su reputación de mafioso peligroso le precedía, pero eso no significaba que no tuviera miedo.
De pronto una energía me invadió y tensó los músculos de mis piernas. Sin pensarlo mucho, di media vuelta y salí corriendo hacia las escaleras de herrería que me llevaban al primer piso. Corrí por el pasillo hasta que llegué a la dirección del orfanato. Los disparos hacían vibrar las ventanas, pero ninguno parecía ir en nuestra dirección, dejando en claro que el sitio no era su objetivo. ¿Habían venido por Santiago?
Me asomé un poco, entre las cortinas, viendo la calle desolada, con excepción de los hombres que habían iniciado el tiroteo y Santiago y su gente. Entonces vi como un par quiso acercarse a la puerta, corriendo como si buscaran refugio.
Santiago entró a su camioneta y sin pensarlo dos veces aceleró, haciendo rugir el motor con violencia. El auto se precipitó hacia sus objetivos, atropellándolos antes de que si quiera sus manos alcanzaran la puerta, pero estos habían intentado detener a Santiago con disparos antes de acabar debajo de sus ruedas, y cuando me pregunté si él estaba bien, preocupándome por el parabrisas reventado de seguro por balas antiblindaje, salió del asiento del conductor, con la mano en su hombro, cayendo de rodillas.
—¡Santiago! —grité a todo pulmón antes de dar media vuelta, decidida a salir por él.

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