ALEX GARCÍA
—¡Alex! ¡No! —gritó Sara detrás de mí cuando me vio correr hacia el portón, pero no me detuve. No llevaba ningún arma, ningún escudo, solo la necesidad de llegar a Santiago y asegurarme de que seguía vivo.
En cuanto abrí la puerta tuve que retroceder un paso, pues los disparos no habían terminado y uno despostilló el borde de la puerta a la altura de mi cabeza. Ese era el problema con esta clase de encuentros. Muchas veces los que resultaban muertos o heridos ni siquiera estaban involucrados, solo eran chismosos con mala suerte.
Con los ojos asomados por la breve abertura de la puerta, comencé a buscar a Santiago. Estaba sentado, recargado contra su propia camioneta, con ojos de fastidio y la sangre goteando de su mano, haciendo un charco en el asfalto que comenzaba a hacerse cada vez más grande.
Por primera vez en todos mis años estando cerca del peligro sentí una presión en el pecho y ganas de llorar. Apreté los labios y sin pensarlo dos veces salí del orfanato. Corrí agachada, sintiendo como las balas me pasaban como avispas embravecidas a mi alrededor. Cuando estaba más cerca del auto, derrapé por el piso, agradeciendo llevar pantalones y no falda.
—¡¿Alex?! ¡¿Qué carajos haces aquí?! ¡Tenías que quedarte en el puto orfanato! —gritó Santiago furioso al verme, mientras mis ojos se posaban en su herida. El saco escondía el color de la sangre, pero su aroma ya dominaba toda la calle.
—Te hirieron… —pronunciar esas palabras me dolió en el corazón.
—Alex… —susurró antes de pellizcarme del mentón y obligarme a verlo cara a cara—. Tienes que irte a un lugar seguro. Vienen por mí, no por ti, pero si te ven aquí…
Entonces escuchamos como las balas cesaron, lo cual significaba que ahora faltaba averiguar quién de los dos bandos había sobrevivido y para empeorar la situación, los hombres de Santiago eran pocos y ya no los veía alrededor.
—Metete a la camioneta y escóndete debajo del asiento trasero —dijo Santiago en un susurro mientras abría lentamente la puerta, queriendo no hacer ruido—. Ahora que… si le prenden fuego tendrás que salir corriendo.
—Vaya consuelo —sentencié ansiosa mientras intentaba asomarme por encima del cofre, pero Santiago tiró de mí, haciendo que regresara—. ¿Qué hay de ti?
—Creo que es obvio —contestó torciendo los ojos. No parecía tener miedo, más bien estaba enojado. ¿Enojado por estar a punto de morir?—. Anda, metete…
Hizo un movimiento con la cabeza y aunque quise repelar, los pasos acercándose me hicieron obedecerlo, pero no para esconderme.
Cerró la puerta en cuanto mis pies entraron. Me moví lo más pegada al suelo, buscando algo, lo que fuera. Pasé entre los asientos y estiré mi mano hacia la guantera. En esta clase de autos siempre tenían un juguete en la guantera.
—¡Ya te cargó la chingada, Coyote! —exclamó alguien desde afuera. ¿Coyote? ¿Ese era el apodo de Santiago?
En cuanto se encogió por el dolor, encorvándose en el piso, le arrebaté el arma y corrí agachada, casi en cuclillas, rodeando la camioneta.
—¡¿Qué putas está pasando?! —exclamó el hombre que parecía ser el jefe, entonces salí por un costado sosteniendo el arma en mis manos. Solo quedaban dos hombres a parte del que había golpeado del otro lado de la camioneta. Ambos me vieron con sorpresa y no alcanzaron a apuntarme cuando yo ya lo estaba haciendo, con el corazón al borde del infarto y las manos frías—. Niña, baja el arma y no te metas en broncas ajenas…
—¡Dispara! ¡No les des tiempo de pensar! —gritó Santiago y yo apreté el gatillo. El arma se disparó con tanta violencia que cerré los ojos. ¡Nunca había disparado un arma en mi vida!
Todos los huesos me vibraron y solté el gatillo cuando mis oídos comenzaron a zumbar. Abrí un ojo lentamente sabiendo que, si había fallado, ya no tendría otra oportunidad. Para mi suerte, cada bala había dado en el blanco, imposible que estando tan cerca no les diera.
—¿Santiago? —pregunté al verlo encogido en el suelo, con las manos sobre la cabeza. Entonces levantó la mirada hacia mí, con el ceño fruncido y los ojos casi saliéndose de sus cuencas.
—¡Jamás dispares con los ojos cerrados! —gritó quedándose sin aire—. ¡¿Estás loca?! ¡¿Quién te enseñó a disparar así?!
—¡Ey! ¡A mí no me grites! —exclamé indignada—. ¡Te salvé la vida! Además… nadie me ha enseñado a disparar. Fue pura improvisación.

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