ALEX GARCÍA
—¡¡¡NO!!! —gritó Santiago al mismo tiempo que dejé caer el arma con molestia para cruzarme de brazos. En cuanto la culata del arma tocó el piso se volvió a disparar.
Por inercia cubrí mi cabeza con ambas manos, incluso levanté una de mis piernas como si fuera suficiente para proteger mi torso, y claro, cerré los ojos, porque si me iba morir de una forma tan tonta, no quería ver.
Después de ese último disparo accidental, de nuevo el silencio se instaló entre nosotros. Abrí un ojo por precaución antes de bajar mi pierna y las manos. Eché un vistazo rápido por mi cuerpo, no parecía herida. Volteé hacia Santiago que también parecía estarse inspeccionando. Solo tenía ese disparo en su hombro, pero nada más.
—Estuvo cerca —dije aliviado, posando ambas manos en mi cintura cuando un golpe sordo sonó detrás de mí. De un brinco di media vuelta y lo vi, el hombre que había golpeado al principio estaba tumbado boca abajo, con la mirada perdida, sacando sangre por la boca y con un hoyo en la frente que aún parecía humear—. Así que ahí terminó la bala.
—Qué pinche suerte tienes —dijo Santiago haciendo que volteara de regreso hacia él—. Solo tú matas a alguien con una bala perdida.
Caí de rodillas a su lado, vi mis manos temblorosas y suspiré aliviada.
—¿Estás bien? —pregunté viendo el rostro pálido de Santiago—. Necesito llevarte con un doctor.
Sonrió de esa manera cálida antes de soltar una carcajada.
—No necesito un doctor, necesito que alguien me explique donde has estado toda mi vida —contestó divertido antes de suspirar—. Hiciste que mi corazón volviera a latir, que volviera a tener ganas de amar a alguien de esa forma bonita y sincera, y ahora me salvas la vida.
»Diría que Dios me mandó al ángel más bello de su repertorio para cuidarme, pero… dado mi historial, lo dudo mucho que me quisiera hacer un favor tan grande —agregó riendo suavemente, cansado.
Me quedé viéndolo fijamente, en silencio. Mi corazón se había acelerado con sus palabras, ¿me había comparado con un ángel? Era la primera vez que alguien me decía algo tan dulce. Tomé su mano y la apreté con fuerza. Con la cabeza apoyada en el auto, volteó hacia mí y me sonrió. Entonces hubo uno de esos momentos especiales, de esos en los que no se dice nada, en los que el tiempo parece detenerse. Me incliné hacia él y lo besé. Ese día había aprendido que me gustaba hacerlo, se sentía bien.
Ni siquiera el ruido de los autos acercándose hizo que me separara de su boca, hasta que un grupo de gente armada nos rodeó y esperó. Confié en que estaban de nuestro lado, pues no nos interrumpieron. Cuando nuestros labios se separaron, Santiago acarició mi mejilla y acomodó un par de cabellos desordenados.
—Te amo… —susurró antes de volver a sonreír, dejándome sin palabras. Entonces volteó hacia la gente que nos rodeaba y su gesto se volvió duro—. ¡Pinches horas de llegar! ¡¿No se pudieron tardar un poco más?!
—¿Está siendo sarcástico, señor? —preguntó uno de ellos entornando la mirada.
—Emilio, ¿cuántos años trabajando para mí y todavía no aprendes a identificar mi sarcasmo? —preguntó Santiago reproche en la voz—. ¡Me dispararon! Sáquenme de aquí.
Se levantó con dificultad y en cuanto me acerqué con intenciones de ayudarlo, su brazo se enrolló en mi cintura, pegándome a su cuerpo.
—¿Te parece si vamos a un lugar más cómodo? —preguntó con media sonrisa—. Tranquila, mis chicos se harán cargo de todo.
—¿Qué hay de tu brazo? —inquirí alzando una ceja.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!