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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 125

LILIANA CASTILLO

—¿Tienes idea de quienes podrían ser? —preguntó Carl mientras me llevaba del brazo en sentido contrario al resto de la gente que había decidido salir corriendo hacia la misma avenida principal donde estaban esos hombres y su camioneta.

La ansiedad por gritarles, por pedirles que se fueran en otra dirección, invadió mi pecho, pero llamar de esa manera la atención podría ser peligroso. Después de todo, a quien buscaban era a mí, ¿no?

—No tengo idea —respondí pensativa y preocupada.

—Me dijiste que Santiago era solo un amigo y ahora resulta que en realidad eres su amante, o eso es lo que ellos dijeron. ¿A quién le debo de creer? —Me tomó por los hombros y me presionó contra la pared del angosto callejón—. Dime que eso no es cierto, dime que él no te ha tocado…

Lo vi directamente a los ojos, esta vez con más desconfianza que antes. Estaba molesto, estaba indignado, pero, principalmente, no parecía tener dudas. Estaba seguro de que yo era la amante, su parte lógica no lo dudaba.

—¿Para qué quieres saber eso? —pregunté entornando la mirada—. Si soy su amante o su amiga, a ti, ¿en qué te beneficia?, y por favor, no vuelvas a decir que es para saber si mi corazón está ocupado, porque no te creo. Algo traes, algo quieres y no es amor.

El rostro de Carl cambió de la preocupación al dolor y la decepción. Liberó mis hombros y retrocedió sin apartar la mirada de mí, era como si no me conociera.

—Liliana… —susurró mi nombre mientras buscaba las palabras indicadas para no arruinar más las cosas.

Entonces se escucharon disparos viniendo de la avenida, ráfagas entrecortadas acompañadas de gritos desgarradores.

Corrí llena de ansiedad, como si todos esos lamentos me llamaran. Apenas puse un pie fuera del callejón, vi la matanza. Supe lo que era el arrepentimiento. Toda la gente que había salido huyendo del café ahora estaban sobre el asfalto, en una alfombra carmín. No todos eran adultos. Había mujeres embarazadas, niños, ancianos, no habían tenido piedad.

¿Qué no se suponía que solo me buscaban a mí? Apreté las pistolas en mis manos y levanté la mirada vidriosa hacia los hombres responsables de la matanza, cuando el brazo de Carl me envolvió por la cintura, me levantó y tiró de mí, regresándome a la oscuridad. Quería gritar, pero mi garganta estaba cerrada y el peso en mi pecho me hacía imposible jalar aire.

Esos tipos llegaron buscándome a mí. ¿Había sido un error enfrentarlos? Si me hubiera entregado tal vez nada de eso hubiera pasado.

Carl dejó que mis pies tocaran el piso, pero yo estaba con la mente en blanco y el corazón acelerado. Mis manos temblaban, aun envolviendo el par de pistolas que había robado. Entonces me las quitó con suavidad, aunque mis dedos ya estaban enganchados, engarrotados.

—Tenemos que salir de aquí —soltó en un susurro antes de sostenerme de la muñeca y arrastrarme hacia el otro lado del callejón. Yo lo seguí en automático, siendo el sonido de nuestros pasos lo único que escuchaba, además de los gritos de toda esa gente que se repetía como una grabación dentro de mi cabeza.

—Los mató a todos… —susurré como si al decirlo en voz alta pudiera entenderlo mejor.

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