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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 127

ALEX GARCÍA

—¿Ese es tu plan? ¿Follarme? ¿Crees que volveré a caer? ¿Crees que eso es lo que necesito para lanzarme de cabeza en tu abismo? —pregunté indignada, retrocediendo cada paso que él daba—. Santiago, hay que ser realistas. Yo no quiero vivir así, entre plomo y dolor. Si robaba era por necesidad, no porque me gustara, no quiero ser parte de tu mundo y no voy a ser solo un entretenimiento barato.

Tomó mi mano logrando que me callara al verlo a los ojos.

—No eres un entretenimiento barato… —susurró y acarició mi mejilla lentamente, disfrutando cada centímetro que recorría con el dorso de sus dedos—. Te lo dije… te amo.

Abrí la boca, pero no me salió nada. ¿Quería contestar? ¿Lo amaba? Tal vez… posiblemente, lo más seguro, sin embargo, admitirlo era condenarme.

—Quédate conmigo —pidió pegando su frente a la mía, mientras yo luchaba por recuperar algo de aire—. No quiero follar, solo… quiero estar. Quiero ver una película mientras te tengo entre mis brazos. Quiero… sentirte, y no me refiero a lo sexual, quiero… acariciar tu piel, quiero olfatear tu cabello, quiero tomar tu mano, quiero… sentir tu calor en un abrazo.

»Solo quiero que estemos, que existamos al mismo tiempo en el mismo lugar, sin temor por el pasado ni por el futuro. El día aún no termina. No quiero sexo, solo que bajes la guardia. ¿Es mucho pedir? —preguntó mientras frotaba su mejilla contra la mía y el corazón se me caía a pedazos.

Había aceptado pasar el día con él, pensando que sería una bonita manera de cerrar nuestro capítulo, creando un recuerdo que me llevaría incluso hasta la tumba, pero ahora que estaba cerca de terminar, había algo más, dolor, y una tristeza tan profunda que dolía físicamente.

Tomé su rostro entre mis manos y asentí antes de abrazarlo, recargando mi mejilla en su hombro. Sus brazos no tardaron en envolverme con gentileza.

***

MATTHEW GRAYSON

—Iré por Carl, las cosas están muy feas allá afuera —dijo Rita preocupada mientras se ponía la pistola a la espalda y tomaba las llaves del auto de mi escritorio.

—¿Con quién discutías en el jardín? —pregunté sin levantar la mirada hacía ella, no tenía que hacerlo para saber que se puso tensa, incluso nerviosa.

—¿De qué hablas? —inquirió con voz suave, dócil, esa que siempre usaba cuando quería mostrarse indefensa y vulnerable.

Me levanté de mi asiento y me apoyé en mi bastón. Hacía tiempo que ya no lo necesitaba, pero me resultaba reconfortante, me hacía recordar ese tiempo oscuro donde extrañaba a Julia cada día, donde me derrumbé y sufrí por ella, donde destruí mi vida por ella y lo volvería a hacer si fuera la condición para que ella volviera por iniciativa propia.

—¿Por qué? En verdad quiero saberlo… —susurró Rita detrás de mí mientras yo me plantaba frente a la pintura de Julia—. Quiero sinceridad.

Se levantó del escritorio y caminó hacia mí, deteniéndose un par de pasos detrás.

—Te rompió el corazón para irse, fuera cual fuera su motivo, lo hizo. Te destruyó, jamás te había visto así, tan perdido, tan dolido, y aun así, estás aquí, esperando un milagro. —Hizo una pausa dejando que sus palabras terminaran de causarme eco en la cabeza—. ¿Por qué aferrarte a alguien que no te quiere volver a ver? Entiendo que quieras recuperar a tu hijo, pero… ella… ella no te quiere. Ella ya no te ama.

—¿Entiendes por qué ya no me ama? —pregunté y se quedó callada. Lo sabía, pero no quería decirlo—. La resentí, porque la vi como una cadena que me ataba a mis padres y al negocio familiar. Era el único motivo por el que seguía dirigiendo la empresa. Si ella nunca se hubiera presentado en mi vida, yo no me hubiera quedado ahí.

»Desquité mis frustraciones y pensé que, si ella me odiaba, sería más fácil, pero nunca lo hizo. Entre más mal la trataba, más intentaba complacerme, como si pensara que todo era su culpa. Y al final del día, cuando la tenía en mi cama recordaba por qué había hecho todo, por qué había renunciado a mi libertad, tocarla y besar sus labios era suficiente para calmar toda la frustración y el dolor. —Agaché la mirada, no quería seguir viendo ese cuadro, era la misma vista que tenía cuando le pedí que nos casáramos.

El cielo se veía idéntico, la lluvia dándole una sensación de melancolía y el sol queriéndose colar entre las nubes como si quisiera darnos algo de esperanzas, ¿esa era la manera en la que ella recordaba ese día? El inicio de nuestra tragedia con un breve pero significativo rayo de esperanza en el fondo.

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