ALEX GARCÍA
—¿Ese es tu plan? ¿Follarme? ¿Crees que volveré a caer? ¿Crees que eso es lo que necesito para lanzarme de cabeza en tu abismo? —pregunté indignada, retrocediendo cada paso que él daba—. Santiago, hay que ser realistas. Yo no quiero vivir así, entre plomo y dolor. Si robaba era por necesidad, no porque me gustara, no quiero ser parte de tu mundo y no voy a ser solo un entretenimiento barato.
Tomó mi mano logrando que me callara al verlo a los ojos.
—No eres un entretenimiento barato… —susurró y acarició mi mejilla lentamente, disfrutando cada centímetro que recorría con el dorso de sus dedos—. Te lo dije… te amo.
Abrí la boca, pero no me salió nada. ¿Quería contestar? ¿Lo amaba? Tal vez… posiblemente, lo más seguro, sin embargo, admitirlo era condenarme.
—Quédate conmigo —pidió pegando su frente a la mía, mientras yo luchaba por recuperar algo de aire—. No quiero follar, solo… quiero estar. Quiero ver una película mientras te tengo entre mis brazos. Quiero… sentirte, y no me refiero a lo sexual, quiero… acariciar tu piel, quiero olfatear tu cabello, quiero tomar tu mano, quiero… sentir tu calor en un abrazo.
»Solo quiero que estemos, que existamos al mismo tiempo en el mismo lugar, sin temor por el pasado ni por el futuro. El día aún no termina. No quiero sexo, solo que bajes la guardia. ¿Es mucho pedir? —preguntó mientras frotaba su mejilla contra la mía y el corazón se me caía a pedazos.
Había aceptado pasar el día con él, pensando que sería una bonita manera de cerrar nuestro capítulo, creando un recuerdo que me llevaría incluso hasta la tumba, pero ahora que estaba cerca de terminar, había algo más, dolor, y una tristeza tan profunda que dolía físicamente.
Tomé su rostro entre mis manos y asentí antes de abrazarlo, recargando mi mejilla en su hombro. Sus brazos no tardaron en envolverme con gentileza.
***
MATTHEW GRAYSON
—Iré por Carl, las cosas están muy feas allá afuera —dijo Rita preocupada mientras se ponía la pistola a la espalda y tomaba las llaves del auto de mi escritorio.
—¿Con quién discutías en el jardín? —pregunté sin levantar la mirada hacía ella, no tenía que hacerlo para saber que se puso tensa, incluso nerviosa.
—¿De qué hablas? —inquirió con voz suave, dócil, esa que siempre usaba cuando quería mostrarse indefensa y vulnerable.

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