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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 128

MATTHEW GRAYSON

—Cometí muchos errores y solo fui capaz de afrontarlos en el momento que ella me entregó el documento de divorcio —susurré cabizbajo—. Tal vez lo mejor es simplemente dejarla ser feliz lejos de mí, pero soy demasiado egoísta para hacerlo. Ya la perdí, pero mi corazón se rehúsa a aceptarlo.

»Esa es la respuesta a tu pregunta. ¿Por qué? Porque la amo. Porque ni siquiera mi pérdida de memoria ha sido suficiente para que deje de pensar en ella, de evocarla. Porque la necesito más de lo que ella me necesita a mí. Porque soy un egoísta. Porque no puedo aprender a vivir sin ella. Porque sin ella mis días se volvieron mediocres y vacíos.

»Porque prefiero pasar el resto de mis días luchando por ella y dedicar mi vida a compensar mis errores, que solo dar media vuelta y fingir que la agonía que siento no existe. —Volteé hacia Rita y noté su rostro descompuesto. Sus ojos se llenaron de lágrimas y aunque intentó sonreír, las comisuras de sus labios no pudieron mantenerse en alto.

—No es justo —murmuró mientras se cruzaba de brazos—. Ella no quiere darte una oportunidad cuando cualquier mujer estaría más que dispuesta a estar contigo, muchas se pelearían por ese amor tan bonito que le dedicas.

—Esa es la diferencia entre Julia y las demás —agregué posando mis manos sobre sus hombros, viendo el dolor en sus pupilas y sintiendo lástima de ella—. Julia es la única que se lo merece. Ella soportó lo peor de mí y aun así se quedó por mucho tiempo. Se merece que dedique cada uno de mis días a hacerla feliz, eso es lo mínimo que podría hacer.

Nos vimos por largos minutos, mientras las lágrimas seguían brotando de sus ojos enrojecidos. Parecía querer comprenderme mientras que yo esperaba que comenzara a resignarse.

Carl ya lo había dicho una vez: «Rita está enamorada de ti, eres su héroe, por favor, sé prudente y no le des falsas esperanzas». Pensé que era una broma, pero cada vez me convenzo más de que hablaba en serio.

Entonces mi teléfono comenzó a sonar, haciendo que el silencio se rompiera.

Saqué mi teléfono del bolsillo, era Erick quien llamaba.

—¿Qué ocurre? —pregunté en cuanto tomé la llamada.

—Está hecho —contestó de inmediato y supe a lo que se refería antes de que se explicara—. Fue difícil porque fue un trámite que se hizo hace más de cinco años, pero… lo logré. El divorcio está anulado. Oficialmente Julia ha vuelto a ser tu esposa.

Cerré los ojos y suspiré aliviado. El matrimonio con Santiago ahora era inválido. Julia volvía a ser mía legalmente, mi esposa. Era jugar sucio, pero en ese punto ya no me importaba.

—Gracias, Erick —solté antes de colgar. Cuando volví a prestar atención a Rita, noté que estaba aún más desconsolada, pero se esforzaba el doble para esconderlo.

—Lo lograste… —susurró y retrocedió un par de pasos—. Deshiciste el divorcio, felicidades.

Dio media vuelta y avanzó con paso decidido y al mismo tiempo tembloroso hacia la entrada. Sin voltear atrás. Quise detenerla y preguntar qué era lo que le ocurría, pero decidí dejarla ir. Aunque me importara cómo se sentía, sabía que expresarlo podía ser complicado para nuestra amistad que de por sí ya era complicada.

El ruido de la puerta cerrándose antecedió a un silencio denso, en el que me quedé pensando en una sola pregunta: ¿Ahora qué?

Apreté los labios, me moría por jugar con él, pero… ¿cómo?

—¿Mateo? ¿Qué estás haciendo? —Una mujer con canas en el cabello y aspecto centrado se acercó.

—¡Abuelita! ¡Mira! ¡Él es Matthew! ¡Es mi amigo! —exclamó Mateo con emoción mientras yo me ponía de pie, listo para pelear o correr. La mujer me vio de pies a cabeza y las manos apoyadas en su regazo—. ¿Puede entrar a jugar conmigo a la pelota? ¡Por favor!

Un par de hombres se acercaron a ella, con sus manos descansando disimuladamente en las cachas de sus pistolas, listos para abrir fuego contra mí de ser necesario. La mujer se acercó con calma y la mirada aguda.

—¿No piensas correr? —preguntó casi en un susurro.

—¿Por qué debería de hacerlo? —respondí encogiéndome de hombros y levantando mi bastón—. Soy inofensivo.

—Pero nosotros no —agregó de inmediato. Tenía el tono y la actitud de una digna matriarca—. Tal vez cometiste un grave error al venir. ¿Crees que no sé porqué estás aquí?

—Entonces sabe que no estoy dispuesto a retroceder. —Por un breve momento nos vimos cara a cara. De pronto entornó los ojos y levantó la mano, haciéndole una señal a sus hombres, que de inmediato levantaron su cañón contra mí.

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