JULIA RODRÍGUEZ
La noticia de la balacera frente al orfanato me llegó cuando estaba pintando, intentando encontrar inspiración, pero cada vez que tomaba un pincel, lo mantenía a centímetros del lienzo, dejando que la pintura escurriera y manchara el piso. Tenía el cerebro vacío, no se me ocurría nada qué plasmar, tenía tantas cosas en la cabeza, tantas preocupaciones, que simplemente la inspiración no fluía.
—Solo ten cuidado —dijo mi suegra mientras Mateo sostenía su mano con firmeza y emoción—. Escuché que hubo otra balacera en una cafetería no muy lejos. No son hombres de nuestra organización.
Apreté los labios recordando las situaciones de peligro en las que me había enredado sin intención. ¿Serían los mismos?
—No tardo, solo iré a revisar unas cosas en el trabajo y vuelvo —dije con una sonrisa tiesa que no me llegó a los ojos—. En verdad, gracias por venir de improviso.
—Creeme, no tengo nada mejor que hacer en casa —respondió ella con pesar, viendo a Mateo y sonriendo mientras sus dedos jugaban con los cabellos de mi hijo—. Ese lugar ya no es mi hogar.
Me sentí tan apenada por ella. Durante todo este tiempo había sido una buena persona conmigo, me había defendido de las niñerías de Santiago, y ahora yo no sabía cómo protegerla de las estupideces de mi suegro.
—Si prefiere quedarse aquí en la finca, hay habitaciones de sobra y…
—¿Y lidiar con la amante de Santiago en vez de con la de Rafael? —preguntó divertida. Al principio no entendí de lo que hablaba, me quedé congelada, haciendo una lista de todos los amantes conocidos de Santi, intentando adivinar en cuál estaba pensando ella cuando recordé a Liliana—. Uno entrega todo por amor, pero a veces el amor no es suficiente para sostener una relación.
Pellizcó mi mentón y me sonrió rota, cansada, no quería seguir peleando, pero sabía que los golpes no iban a dejar de llover sobre ella.
—Date prisa, la ciudad no es muy segura hoy —agregó antes de ser arrastrada por Mateo hacia el jardín.
—¡Vamos, abuelita! ¡Podemos jugar a la pelota! ¡Tengo una nueva que me regaló mi mami! ¡Está bien bonita! —gritaba mi pequeño con emoción mientras tiraba de su abuela. Esperaba que pasar tiempo con él pudiera traerle algo de paz.
Salí de la casa casi en automático. Me di cuenta de que no había muchos hombres alrededor y justo en la puerta fruncí el ceño y giré sobre mis talones.
—Señora, sea prudente, el señor Castañeda tuvo un altercado y necesitó que muchos de nosotros nos movilizáramos —dijo uno de los pocos guardias que detectó mi inconformidad silenciosa.
—¿Está bien? —pregunté con un nudo en la garganta. Si algo le pasaba a ese cabeza hueca me daría un infarto.
—Tengo entendido que nada grave —respondió encogiéndose de hombros y aunque fue demasiado ambiguo quise confiar. Bien dicen que las malas noticias vuelan rápido.
—No tardo. Cuida de mi hijo y de mi suegra, concéntrense en ellos —pedí antes de trotar hacia el auto y dirigirme hacia el trabajo.
Me habían llamado de las oficinas, algo estaba mal.
—Hay un virus… —dijo uno de mis empleados en cuanto rebasé la puerta—. No infectó solo una computadora, infectó el servidor completo.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!