SANTIAGO CASTAÑEDA
Me quedé pasmado, viéndola llorar y sin saber cómo consolarla. Lo había dicho antes, no tenía a nadie y la única persona que le quedaba la había asesinado hacía muchos años. Solo fue necesario que alguien descubriera mi apodo para que Alex se diera cuenta de que el mafioso carismático y sonriente era el mismo monstruo que le había arrebatado un poco de lo que tenía y que la hacía sentir viva.
Era algo que tarde o temprano saldría a la luz y no estaba preparado para afrontar. ¿Qué tan mala suerte debía de tener para perder la cabeza por la amiga de la mujer que me hirió tan profundo y a la que maté de la manera más brutal que se me ocurrió? ¿Era karma?
Con la espalda apoyada en la pared, resbaló hasta el piso mientras se abrazaba a sí misma sin dejar de llorar.
—Al principio… cuando oí a esos hombres llamarte así, simplemente no conecté los puntos —dijo entre sollozos. La mujer fuerte y rebelde que había conocido se había reducido a una niña con miedo y un dolor muy profundo—. Era imposible que el asesino de mi amiga fuera el mismo hombre sonriente que me veía con tanta dulzura. Incluso pensé que… cuando saqué a colación su muerte, tú lo negarías y buscarías la manera de desmentirlo todo con esa sonrisa tonta que pones cuando te sientes en aprietos.
»Te esforzarías por aclararme que ese no eras tú, que tal vez era alguien más con tu apodo, otra persona que también se hacía llamar así, pero no… si eras tú, siempre fuiste tú. —Levantó sus ojos llorosos hacia mí y me hizo sentir miserable. Quería despertar en ella amor, no odio ni miedo, pero eso era lo que estaba obteniendo—. Tú la mataste de esa manera tan cruel.
—Te quedas solo con lo que viste en el periódico, creyendo que ella fue una víctima, pero esa no es toda la historia —contesté con los hombros caídos y di media vuelta, no soportaba verla así por mi culpa—. Ella me engañó por meses, se burló de mí con su amante. Me llamó débil y comenzó a socavar mi posición en la organización, corriendo la voz entre mis hombres. Los rumores llegaron hasta los oídos de mi padre, gracias a él supe que ella estaba burlándose de mí, presumiendo que me haría criar a un hijo que no era mío.
»¿No te contó lo divertida que estaba ensuciando mi imagen? ¿No te dijo que el bebé en su vientre era producto de su traición y que le daba mucha risa que yo no lo supiera? —pregunté con amargura—. ¿Crees que ella es del todo inocente? ¡Le jaló la cola al diablo pensando que no tendría consecuencias! ¡Puso a prueba mi paciencia y mira que es mucha!
—¿Matarla era tu mejor opción? —preguntó Alex más calmada, pero con los ojos cargados de rencor.
—Tienes razón, no fue la manera de arreglar las cosas, lo civilizado hubiera sido terminar la relación y mantenerme al margen, o eso es lo que un hombre normal haría —refunfuñé con burla, torciendo los ojos—, pero… yo no soy un hombre normal. Yo no me levanto temprano y me encierro en una oficina todo el día, yo no pago facturas ni arreglo la gotera del lavabo. ¡Soy un maldito mafioso y las traiciones se cobran con sangre!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!