SANTIAGO CASTAÑEDA
En ningún momento cerró sus ojos, sus iris verdes se quedaron clavados en mi rostro, con la plena confianza de que no sería capaz de dispararle a ella… y tenía razón.
Antes de jalar el gatillo levanté el arma hacia el techo. Pequeños pedazos de yeso cayeron y la bala se quedó encapsulada en la losa. El rugido del cañón se quedó vibrando en nuestros oídos por breves segundos mientras los hermosos ojos de Alex soltaban lágrimas silenciosas que caían por sus mejillas.
Se acercó arrastrando los pies hasta que apoyó su frente en mi pecho, robándome todas las fuerzas, haciendo que mis intenciones tambalearan.
—No hagas esto más difícil, solo vete —esta vez mi voz sonó a súplica, porque ya no sabía qué más hacer. No podía tenerla, no después de todo el daño y el miedo que me tenía. Me concentré tanto en lo que sentía por ella que nunca me pregunté si yo era su mejor opción, si estar conmigo no sería perjudicial para ella.
—Un día completo son 24 horas —susurró levantando su rostro hacia mí—. El trato era un día completo, hasta mañana temprano vence, no antes.
—Alex… —Su nombre salió de mi boca casi en un suspiró.
—Eres mío por 24 horas completas, tú lo quisiste así. ¿No tienes palabra? —preguntó ofendida, pero sin dejar de llorar.
—¡Solo vete! ¡Déjame en paz! —grité tomándola por los hombros y sacudiéndola, pero ella se aferró a mis brazos.
—Toda mi vida he estado sola… mis padres me abandonaron, no sé si tengo más familia —susurró forcejeando, empujándose hacia delante, queriendo alcanzarme, cuando solté sus hombros ella se abrazó a mi torso con todas sus fuerzas—. Nadie me veía. Solo era una sombra que se movía por los rincones. Era una de esas personas que ves pasar, pero que nunca la recuerdas.
»Tú sí lo hiciste. Tú si me viste. —Levantó su rostro hacia mí, su mirada era la de una niña perdida—. Tuve miedo, miedo por quien eras, miedo de hacer lo incorrecto, miedo de meterme en problemas, en convertirme en un juguete y que mi vida se volviera aún más vacía e inexistente.
»Sí me enamoraba perdía. Por eso odiaba que me buscaras y al mismo tiempo me hacía sentir tan especial. Porque… había alguien que me hacía sentir real, que me escuchaba. Fue como si… de pronto empezara a existir cuando sentía que estaba desapareciendo. —De nuevo escondió su rostro en mi pecho y sentí como sus lágrimas comenzaron a escurrir por mi piel—. Tengo miedo Santiago, miedo de amarte y que un día ya no me quieras, porque no podré cargar con un corazón roto, ya sería demasiado dolor para mí.
»Pero no quiero volver a ser invisible para ti.
Mis brazos la envolvieron por inercia, mientras su llanto comenzaba a llenar de calor mi pecho. Sentí que era como caminar cerca del abismo, miedo y euforia. Escondí mi nariz en su cabello e inhalé profundamente su aroma mientras su cuerpo seguía temblando entre mis brazos.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!