JULIA RODRÍGUEZ
Mi suegra me había dicho que le diera una segunda oportunidad, y su historia con el padre de Santiago, ese soldado de corazón de oro, había sido muy alentadora, hasta que recordé que Matt no era ese hombre, Matt no fue alguien que me amara y perdiera. Eso cambiaba mucho las cosas, y entre más hablaba con él, más me llenaba de rabia, por haber sido tan tonta en el pasado.
—No te daré esos diez minutos, no te daré ni uno más —sentencie guiada por mi odio—. No quiero volver a saber nada de ti. No quiero que te acerques a mi familia. Mis hijos, no son tus hijos. Así compartan tu sangre, son hijos de Santiago. Es el único que se ha ganado el derecho de ser llamado padre.
»¿Quién sostuvo mi mano cuando estaba de parto? ¿Quién me compraba mis botes de helado cuando estaba de antojos? ¿Quién sostuvo mi cabello cuando vomitaba en el baño? ¿Quién se encargó de hacerme sentir protegida y cuidada? Tú no. Él sí. Así de sencillo.
—¿Lo amas? —preguntó Matthew y entonces vi como su mirada brilló. Estaba peleando por no soltar ni una sola lágrima—. ¿Lo amas, Julia?
—Sí, lo amo —no me costó decirlo, porque no mentía. Amaba a Santiago, lo amaba como mi mejor amigo, como mi hermano mayor, como al hombre al que le debía mi entera fidelidad, no por amenazas ni presiones, sino porque se la había ganado a pulso—. Déjame vivir feliz con él. Déjame vivir feliz aquí, sin ti.
»Ya me has quitado mucho.
Y por fin las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas, dejando surcos calientes en mi piel. ¿Había conseguido paz después de abandonar a Matt? No, pero sí algo muy parecido que no dolía tanto.
Sonrió de medio lado y negó con la cabeza, pero podía notar que estaba herido.
—Esto es muy difícil, Julia —agregó apoyando sus manos en su cintura mientras apretaba los dientes—. Me estás haciendo decidir entre dejarte en paz, como me lo pides, o llevarte conmigo a la fuerza, aunque no quieras.
Abrí los ojos con sorpresa y retrocedí un par de pasos, tomando en serio sus amenazas. Por varios segundos que parecían eternos nos vimos a los ojos. Intentaba descifrar qué era lo que haría al final.
—¡Mami! ¡Mami! —escuchamos a Mateo corriendo hacia nosotros, con su pelota entre las manos, la arrojó al piso y la pateó, directo hacia Matt quien la detuvo con la punta de su pie—. ¡Vamos a jugar los tres! ¡Anda!
Se lanzó hacia mí, abrazándose a mis piernas y frotando su carita.
—¡Anda, ¿sí?! ¡Por favor! —exclamó estrechándome con más fuerza—. ¡Quiero jugar con mi papá!
El corazón me dio un vuelco y casi me ahogo con el mismo aire que tenía en los pulmones.
—¿Cómo? —pregunté en un susurro mientras Matt se hincaba ante Mateo, escéptico.
—¿Con tu papá? —inquirió Matt mientras Mateo se escondía detrás de mis piernas y asentía.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!