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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 141

ALONDRA MONTERO

Vi la que alguna vez fue mi casa por la ventana del auto. Mi chofer me abrió la puerta y me ofreció su mano para salir. Por un momento regresé en el tiempo, cuando Rafael me trajo por primera vez a este lugar, cuando prometió que sería nuestro hogar, que la había comprado pensando en mí, en mis sueños por tener una casa enorme con amplios jardines donde tener muchos niños jugando. Quería una familia grande y así hubiera sido si no me hubiera decepcionado del hombre con el que decidí casarme.

«Manuel… tuve que quedarme llorando tu muerte el resto de mis días, no encontrar cobijo en los brazos de otro hombre que nunca te llegó ni a los talones», pensé mientras veía la casa con melancolía. Ya no era mía. Ya no representaba lo que era en un inicio. Ahora era un nido lleno de podredumbre.

Cuando di el primer paso hacia el pórtico escuché algo estrellándose y rompiéndose en el primer piso antes de que la puerta se abriera súbitamente por una sirvienta.

—¡Señora Alondra! ¡Qué bueno que llegó! —exclamó corriendo hacia mí, tomándome de la mano y arrastrándome hacia el interior.

—¿Qué pasa? —pregunté confundida. El doctor que atendía a Rafael me había llamado, había empeorado, pero no me había explicado de qué forma.

—El señor está muy alterado, creo que tiene demencia mezclada con psicosis —dijo apurada, llevándome escaleras arriba. Entonces la vi, acunando su rostro mientras la sangre caía en gotas pesadas entre sus dedos. Carmen estaba siendo revisada por uno de los doctores, pero pese a lo dramático de su herida, ella estaba serena, dolida, pero no físicamente. Por un breve instante nos vimos a los ojos en completo silencio y mi corazón se estrujó, pero ninguna de las dos dijo nada.

Subí los escalones, parecía que seguíamos el ruido del caos. Cosas siendo golpeadas, cosas rompiéndose. Gritos y maldiciones. Cuando me iba a asomar a la habitación principal, escuché la voz de Javier, quien parecía una estatua más en el pasillo.

—Te quiere ver a ti —soltó sin voltear a verme, con los brazos cruzados, recargado en la pared mientras su mirada estaba fija al frente—. No ha dejado de llamarte. Está cada vez peor.

No le respondí, no tenía sentido. Entré a la habitación y vi a un par de enfermeros fornidos y voluminosos intentando sostener a Rafael por los brazos, mientras este escupía espuma y saliva por la boca.

—¡¿Dónde está mi esposa?! —gritó furioso. Pensé que quería reclamarme algo, alguna acusación ficticia que le hubiera dicho la arpía de Carmen, pero en cuanto sus ojos se posaron en mí, su gesto cambió—. Alondra…

Me llamó con dulzura, como hacía años no lo hacía.

—Ahí estás… ¿Por qué me abandonaste de esa manera? ¿Dónde has estado? —preguntó con anhelo. Su cuerpo se relajó y los enfermeros decidieron soltarlo por fin, aunque no pudieron convencerlo de regresar a la cama—. Pensé que te habías ido y no volverías.

Tomó mi rostro entre sus manos y pegó su frente a la mía. Se comportaba cuando estábamos recién casados.

—¿Qué estás haciendo, Rafael? —pregunté apoyándome en su pecho para poner distancia—. ¿Desde cuándo quieres compartir algo conmigo? Mejor llamo a Carmen y que se encargue de ti. Que te dé todo ese amor que tanto quieres y que yo ya no estoy dispuesta a darte.

—¿Cómo puedes ser tan cruel con un moribundo? —preguntó tomándome de la muñeca—. No quiero que nadie más esté en esta habitación, solo tú.

—Resulta que el moribundo se ha encargado de machacar mi corazón por años… Ahora no siento mucha piedad por ti —contesté con firmeza y sin remordimiento. No me importaba si se moría después de mis palabras hirientes—. Me cambiaste por Carmen, la pusiste por encima de mí, entonces que ahora sea ella quien te cuide. ¡Ah! ¡Claro! Se me olvida, las amantes no cuidan enfermos, por lo menos no si no hay dinero de por medio.

—¡Yo no te cambié! —exclamó furioso y tiró de nuevo de mí, pero esta vez me apoyé en el borde de la cama para no caer, quedando mi rostro a centímetros del suyo—. Tú jamás me amaste.

—¿Qué? —pregunté escéptica y con una sonrisa torcida—. ¿Cómo te atreves…?

—Nunca me viste de la misma forma… —susurró y tomó mi rostro, envolviendo mi mentón con su mano—. Antes de que todo esto pasara. Antes de que Manuel muriera. Los vi. Parecían una maldita pareja salida de una película. Tú tan hermosa, sosteniendo un enorme ramo de flores, del brazo de ese soldado uniformado. La gente se detenía para verlos pasar, pero tú solo tenías ojos para él.

»Me imaginé muchas veces que alguien me veía de esa misma manera, que cuando tuve la oportunidad, no lo dudé. Manuel había muerto y tú estabas tan rota. —Sonrió con melancolía y negó con la cabeza mientras las lágrimas se le acumulaban en las pestañas—. Te di todo lo que querías. Me esforcé por ti. ¡¿Qué me faltó?! ¡¿Qué más querías?!

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