ALEX GARCÍA
Abrí los ojos con dificultad, estaba agotada y adolorida. Santiago, pese a la herida de su hombro, no me dio tregua en toda la noche y no me quejaba. Nunca pensé que se podía morir de placer y yo sentí que me pasaría en más de una ocasión.
A tientas busqué el cuerpo de Santiago, pero no lo encontré. Lo último que recordaba, cuando el cansancio ya era demasiado para luchar contra él, eran sus lindos ojos viéndome entre la penumbra, con ternura, mientras sus dedos acariciaban lentamente mi rostro, haciendo que conciliar el sueño fuera casi de inmediato.
Me senté en la cama con el cabello revuelto y la sábana cubriendo mi cuerpo. No iba a mentir, sentía miedo de que Santiago me hubiera abandonado. Era una mujer rota y confiar en alguien era difícil y doloroso. ¿Había cometido un error al ceder? ¿Se había cumplido mi peor miedo? ¿Santiago me había abandonado después de obtener lo que quería?
No, él no era así.
Entonces escuché ruido más allá de la habitación, era él, algo estaba haciendo y en el proceso estaba cantando.
Me di prisa para darme una ducha rápida, vi mi ropa tirada en el piso y cuando estaba decidiendo si volvérmela a poner, levanté la mirada hacia el clóset. Avancé con cautela y abrí la puerta, había ropa, prendas que parecían nuevas y costosas, desde vestidos que jamás imaginé que podría usar, hasta algo más cómodo como pantalones y playeras.
Fue una sorpresa que me quedaran, todo parecía estar hecho para mí, lo cual me dejó una duda: ¿Santiago ya esperaba que yo me quedara? ¿Ese era su plan desde un comienzo?
Cuando me asomé por la puerta de la habitación, escuché su tarareo más claro. Lo seguí hasta llegar a lo que parecía la cocina. Santiago estaba frente a la estufa, preparando algo que debía de admitir olía muy bien. Seguía tarareando la canción que no sabía reconocer, pero me sonaba vieja, como un bolero, algo que cantaría algún trío.
En cuanto volteó, se detuvo un momento al verme, dejó ambos platos con la comida aún humeando en la encimera y se acercó lentamente, sin dejar de verme.
—«Hoy para siempre, quiero que olvides tus pasadas penas, y que tan solo tenga horas serenas tu corazón» —cantó para mí antes de envolver mi cintura con su brazo, pegándome a su cuerpo, recargando su mejilla en mi sien mientras apoyaba mi mano sobre su corazón, la envolvía con la suya y comenzaba a balancearse, bailando suavemente al ritmo de nuestros latidos—. «Quisiera ser la golondrina que, al amanecer, a tu ventana llega para ver a través del cristal, y despertarte muy dulcemente si aún estás dormida, a la alborada de una nueva vida, llena de amor».
Cerré los ojos mientras él seguía tarareando y llevándome por la cocina con ese ritmo cadencioso. Cuando me di cuenta estaba llorando, en silencio, sentía como mis lágrimas caían cálidas por mis mejillas, mientras el calor de su canto y su amor eran tan pesados que sentía que aplastaban mi pecho.
Cuando terminó de cantar, me mantuvo entre sus brazos y frotó con cariño su nariz contra la mía.
—No quise hacerte llorar… perdón —susurró con una mezcla de pena y ternura que solo aumentó mis lágrimas.
—No lloro por tristeza —susurré intentando sonreír. ¡¿Qué me pasaba?! Últimamente estaba demasiado sensible y tenía ganas de llorar por todo.
—En casa de su padre —contestó Emilio y jaló aire como si se le hubiera olvidado respirar—. Fue él quien la mató.
Ambos dirigimos nuestras miradas hacia él con escepticismo. Entonces el dolor fue reemplazado por rabia en el rostro de Santiago.
—Llévame… —susurró con los dientes apretados mientras Emilio asentía. Volteó hacia mí y pellizcó mi mentón—. Quédate aquí…
—No —contesté con firmeza y convicción—. Iré contigo. No te dejaré solo, menos ahora.
—Iré a la mansión de mi padre. Ese lugar no solo está lleno de gente peligrosa, te verá él y te verá la arpía de su amante y su hijo bastardo. Sabrán quién eres en cuanto te vean entrar conmigo. Oficialmente estarás dentro de este mundo si decides ir. ¿Entiendes la magnitud de lo que eso significa? —preguntó tomándome por los hombros y supe que solo quería protegerme.
—Lo sé, pero no planeabas tenerme escondida toda la vida o ¿sí? —respondí con una sonrisa mientras acariciaba su rostro.
Tomó mis manos y las besó, pensativo, valorando que tan buena idea era aceptar que lo acompañara, lo que él no sabía era que yo no aceptaría un no por respuesta.

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