SANTIAGO CASTAÑEDA
No estaba listo para lo que iba a ver en casa de mi padre, pero tampoco las lágrimas fluían como me imaginaba. Mi madre, la única que me amó y me protegió, la única que me consoló y que me vio como humano y no como una máquina, ahora ya no estaba. El vacío en mi pecho dolía, pero mis ojos estaban secos.
Alex apretó mi mano queriendo reconfortarme en silencio mientras yo no quería llevarla a la boca del lobo. El auto se detuvo y fui el primero en bajar, rodeándolo para abrir la puerta para Alex. Su suave mano se apoyó en la mía y la ayudé a salir.
Entonces su rostro se convirtió en una mueca de molestia. Estaba herida.
—¿Es en serio? —preguntó entornando los ojos—. Santiago Castañeda, ¿es en serio?
Estábamos fuera del convento. El lugar más seguro que se me ocurrió para ella.
—No pienso llevarte a ese lugar, no voy a arriesgarte de esa manera —dije con firmeza en la voz y viéndola directamente a los ojos mientras su decepción se hacía más profunda—. Volveré por ti cuando todo esté bien.
—Santiago, ¿tienes idea de cómo funciona esto? —preguntó frunciendo el ceño, viéndome como si fuera el hombre más estúpido que había conocido en su vida—. Dime, ¿qué somos?
—Alex, por favor… no tengo tiempo para eso. —Volteé hacia Emilio y este lanzó las llaves desde el otro lado del auto. Ya le había ordenado que se quedara en el convento cuidando de Alex.
—¡¿Qué somos, Santiago?! —exigió Alex atrapando las llaves antes de que tocaran mi mano—. ¡Dímelo!
Retrocedía alejando lo más que podía las llaves, mientras yo avanzaba hacia ella, viéndola con toda mi atención, deseando que las cosas fueran más sencillas.
—Eres el amor de mi vida —contesté con el corazón latiéndome en la garganta—. La mujer más importante. Lo más hermoso que he tenido. Lo único que hace que quiera vivir un día más.
Sus ojos se llenaron de lágrimas que se resistían a caer. Dejó de retroceder, pero aún se rehusaba a darme las llaves. Tomé su rostro entre mis manos y pegué mi frente a la suya.
—Lo que viste en el orfanato es una décima parte de lo que podría pasar en la casa de mi padre, ¿lo entiendes? —pregunté desesperado—. Mi madre y yo éramos una unidad ahí. Si ella está muerta es como si la reina cayera. Mi padre puede decidir casarse con Carmen y entonces yo seré el bastardo, el que no tiene nada que hacer ahí.
»Si cuando llegue es una decisión que ya tomaron, entonces… no me será fácil salir de ahí, menos si te tengo que proteger. —Tragué saliva, envuelto en el miedo de perder la vida cuando más deseaba vivirla.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!