ALEX GARCÍA
No importó que todas las monjas a mi alrededor me dedicaran miradas cargadas de sorpresa mezclada con lástima, ni siquiera que algunas cubrieran sus oídos, yo estaba en medio del patio llorando a moco tendido, quedándome sin aire, pero sin dejar de sollozar.
La madre superiora se acercó con el mismo gesto que las demás y se plantó frente a mí. Entonces intenté controlarme, haciendo respiraciones como si fuera a parir, inhalando y exhalando hasta que mis mejillas se inflaban.
—Alex, ¿estás bien? ¿Qué ocurre? —preguntó con esa voz tan serena cargada de comprensión. Se hizo un silencio prolongado en el patio, las monjas se acercaron para poder escuchar lo que tenía que decir, pero cuando abrí la boca, volví a llorar mientras intentaba balbucear palabras y movía las manos como si con eso pudiera terminar de explicar lo que mi voz no podía.
—¿Qué clase de penitencia es esta? —preguntó una de ellas cubriéndose los oídos.
—¡Tal vez se le metió algún demonio dentro! ¡Hay que llamar al padre para que la exorcice! —agregó otra como si esa fuera la mejor idea aportada por el grupo. En cuanto la madre superiora levantó su mano, todas callaron.
—No se trata de ninguna posesión —agregó torciendo los ojos y estiró su mano hacia mí—. Ven Alex, creo que tenemos que hablar. Mira a tu pobre guardaespaldas, está tan atarantado por tus llantos como el resto de las hermanas.
Me levanté del borde de la fuente y tomé la mano de la madre superiora. Cuando volteé hacia Emilio noté que estaba frotándose las sienes, luchando con el dolor de cabeza mientras intentaba sonreírme.
Completamente apenada, seguí a la madre superiora por los pasillos, parecía una niña regañada colgando de su mano, y mis sollozos no pararon, tal vez disminuyeron de volumen, pero el eco de las paredes de piedra no ayudaba.
Llegamos hasta su oficina, donde solía corregirme cuando hacía alguna travesura. El lugar era fresco, casi frío. Me señaló el asiento del otro lado de su escritorio y antes de empezar, suspiró profundamente, como si no estuviera muy segura de a lo que se enfrentaba.
—Alex… —susurró mi nombre y de nuevo comencé a llorar desconsolada.
—N-no sé… q-qué me p-pasa… —dije entre jadeos ahogados y más lágrimas—. N-no p-puedo dejar de llorar. M-me siento m-muy triste.
—Lo noto —contestó con un toque de ironía—. Pareces alma en pena. ¿Qué pasó? ¿Te hicieron daño? ¿Te lastimaron?
»Sarita me dijo que te fuiste con un tal señor Castrejón y no supimos nada de ti después de la balacera fuera del orfanato —dijo con ese tono firme, pero preocupado de mamá—. De pronto llegas con ese hombre y envuelta en un mar de llanto.
—N-no m-me fui con n-ningún Castrejón —dije entre lamentos, sorbiendo la nariz—. Era Santiago.
Y de nuevo, como si pronunciar su nombre fuera el principal detonante, volví a llorar de dolor, con quejidos desgarradores que salían de mi corazón.
—¿Santiago? —preguntó y soltó todo el aire como si hubiera estado aguantando la respiración—. No me sorprende. Ahora todo tiene sentido. Ya sé por qué estás llorando, todo es su culpa.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!