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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 146

ALEX GARCÍA

Cuando di el primer paso hacia ellas, me detuve en seco. Sus sonrisas se congelaron, a la espera de saber qué ocurría, mientras yo apretaba los dientes con todas mis fuerzas y mi boca se torcía en una mueca. Posé mis dedos sobre mis labios cuando la saliva comenzó a llenar mi boca. Levanté la cabeza y comencé a respirar profundamente. Tenía náuseas.

—¿Todo bien, Alex? —preguntó la madre superiora detrás de mí.

—Sí, todo… perfecto —contesté forzando una sonrisa mientras perdía el color de mis mejillas y la saliva se hacía cada vez más ácida. Por más que la tragaba, mi boca se volvía a llenar. Esto estaba muy mal, vomitaría en cualquier momento y así pasó.

Me arqueé haciendo que todas las monjas exclamaran sorprendidas mientras que yo presionaba mis manos contra mi boca y mis ojos buscaban un lugar donde sacar todo.

—¡No! ¡En la fuente no! —gritó una de ellas en cuanto me acerqué corriendo—. ¡Santo Dios!

Entonces me desvié y apoyada sobre el primer árbol que me encontré, comencé a vomitar, pero… ¿qué? si ni siquiera había desayunado. No tenía nada en el estómago y aún así este se seguía retorciendo dolorosamente, me arqueaba como si tuviera algo más que echar que solo saliva y jugo gástrico.

—Vomitó el manzano —susurró una de las monjas con voz apagada y resignada.

—Señorita Alex, ¿se encuentra bien? —preguntó Emilio dándome palmaditas en la espalda. Desencajé mis dedos de la corteza y volteé hacia él, pálida, cansada, con sudor frío perlando mi frente y el corazón acelerado.

—Es solo estrés… —dije con convicción, como si entre más seguro lo mencionara, más real se volvería.

—Alex, creo que debes de tomar en serio mi consejo —intervino la madre superiora acercándose con esa calma que la caracterizaba—. Necesitas ir con el doctor o por lo menos hacerte una prueba de embarazo.

»Sabes que aquí te podemos cuidar todo el tiempo que el señor Santiago no esté, pero primero tenemos que asegurarnos de que no viene un bebé en camino. —En cuanto terminó, todas las monjas se vieron entre ellas, creí que me juzgarían, que me acusarían señalándome con el dedo por traicionar mis votos, por dejar de ser una de ellas, pero por el contrario comenzaron a dar pequeños aplausos silenciosos pero cargados de emoción, se veían entre ellas con la mirada iluminada.

—¿Tendremos un bebé en el convento? —preguntó una de ellas acercándose con emoción contenida.

—¡Oh! ¡Yo ya lo quiero ver! —exclamó otra cubriendo su boca mientras daba saltitos.

—¡La bendición de un bebé! ¡De seguro tendrá los ojos de Alex! —agregó otra. Todas parecían emocionadas, más de lo que yo sinceramente estaba.

—¡Es estrés! —exclamé cansada y cuando me separé del árbol los pies se me enredaron y casi caigo si no fuera por Emilio que me sostuvo.

—¿Se encuentra bien, señorita Alex? —preguntó angustiado, porque sabía que su vida dependía de la mía.

—Tu padre perdió el control —dijo Carmen acercándose un par de pasos, los suficientes para que la escuchara—. Quería ver a tu madre, quería que ella fuera la única que estuviera con él. Intenté acercarme y consolarlo, quise sostener su mano cuando más destruido y enfermo se sentía, pero me dejó en claro que yo no era a quien quería.

Con una sonrisa cargada de indignación se señaló el vendaje.

—Lo lamento —agregó con las mandíbulas tensas, más por compromiso que por en verdad sentirlo.

—¿Qué lamentas? ¿Qué no pudiste ser tú quien la matara con tus propias manos? —escupí cada palabra con desprecio, barriéndola con la mirada y controlando mis ganas de golpearla.

—Te equivocas, Santiago —dijo con tranquilidad y levantando el mentón, sosteniendo esa falsa elegancia que siempre quería lucir—. Pude envidiar a tu madre, pero jamás quise que muriera, no de esa forma. Era mi hermana y aunque puedes pensar que soy un monstruo, tengo mis límites.

—Claro, supongo que para ti era más divertido torturarla y quitarle todo poco a poco en vida. Querías verla agonizar, querías que sufriera. La muerte es demasiado rápida y piadosa, ¿cierto? —solté antes de acercarme a las escaleras, no perdería más mi tiempo con ella.

—No te será tan fácil recuperar el cuerpo de tu madre. —Elevó la voz lo suficiente para que la escuchara, pero sin gritar—. Tu padre no la suelta. Ha pasado horas llorando abrazado a su cuerpo. Ni siquiera a mí me quiere escuchar. ¿Crees que te hará caso a ti?

Torcí los ojos y decidí seguir con mi camino ignorándola. Si mi padre no quería soltarla entonces lo agarraría a golpes hasta que lo hiciera. Mi madre era el único motivo por el cual trataba a ese hombre con respeto. Ahora que ella no estaba, que él me la había quitado, ya no tenía por qué ser comprensivo.

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