SANTIAGO CASTAÑEDA
Lo que vi al abrir la puerta fue difícil de digerir. Mi padre estaba sobre su cama, con mi madre en su regazo, la abrazaba con fuerza, acariciaba su cabello y su mirada enrojecida, inyectada de dolor, permanecía perdida en la profundidad de la habitación.
—Siempre creí que eras cruel con ella… pero jamás me imaginé que serías tú quien la mataría —susurré con el pecho lleno de rabia. Quería sacar mi arma y dispararle, aunque eso significaba que todos sus hombres se me lanzarían encima y no saldría vivo de este lugar.
Por mucho que fuera el dolor, quería regresar con Alex, quería protegerla, y muerto no lo lograría.
—Yo la amaba —contestó en un murmullo, sin voltear a verme. Su rostro no tenía ningún gesto, era como si estuviera hipnotizado, disociado por lo que acababa de hacer, mientras sus ojos vidriosos seguían perdidos en la nada—. Jamás amé a una mujer como la amé a ella.
—Se nota. Tanto la amaste que decidiste serle infiel y traicionarla con Carmen. ¿Qué mejor muestra de amor que eso? ¡Claro! Matarla con tus propias manos, solo para reafirmar tu amor —solté con ironía, aunque el odio seguía creciendo dentro de mí. Su hipocresía me estaba envenenando.
—¡Ella nunca me amó! —gritó desesperado, justificándose, volteando por fin hacia mí—. ¡Yo solo fui el reemplazo de su perfecto militar! No podía con el dolor que me generaba cada día al saber que ella jamás me querría como lo quiso a él. ¿Cómo puede un hombre vivir de esa manera sin perder la cabeza por el dolor?
En ese momento me di cuenta de que ya no era mi padre. Sus ojos delataban que debería de estar en un psiquiátrico. Incluso dudaba si lo que estaba diciendo era real. Entonces pasó del odio a la confusión y después al descubrimiento. Dejó el cuerpo de mi madre sobre la cama, podía pensar que solo estaba dormida hasta que vi esos moretones en forma de dedos marcando la piel de su cuello.
—¿Cómo pudiste? —pregunté mientras apretaba los puños y los dientes hasta que creí que se me fracturarían. El dolor se hacía cada vez más fuerte. Me sentía como un niño perdido que había sido abandonado por su madre. Entonces mi padre me tomó por el mentón y me obligó a voltear hacia él. Me vio con intensidad, como si no me conociera. Desesperado, lo empujé—. ¡¿Cómo pudiste?! ¡¿Cómo pudiste lastimar a la mujer que decías amar?! ¡Eres un hijo de puta! ¡La lastimaste en vida y como si eso no fuera suficiente, la mataste con tus propias manos!
—Esos no son mis ojos… —susurró casi para sí mismo. Parecía que nada de lo que le había dicho le había importado, ni siquiera lo había oído—. ¡Tú no eres mi hijo!
Gritó con tanta furia que su voz retumbó no solo en su habitación, sino también en el resto de la mansión.
—Alondra… —susurró y bajó la mirada hacia sus manos que habían comenzado a temblar—. Yo no quise esto… yo no… no fue mi intención.
Di media vuelta y con gentileza tomé a mi madre en mis brazos. Su cuerpo se sentía frío y pesado. Entonces lo supe, ya no era ella. El cascarón había quedado, pero su amor, su ternura, sus palabras tiernas, sus regaños y sus canciones ya no estaban.
—No mereces ni siquiera estar en su entierro —dije sin apartar la mirada de ella—. No te mereces su perdón, mucho menos el mío. Nunca te mereciste su compañía.
»Disfruta del duelo en tu enorme casa con la puta de tu amante y el bastardo de tu hijo. Son la familia que te mereces. Personas igual de trastornadas e interesadas que tú —sentencié por fin volteando hacia él, que había comenzado a toser y arrojar sangre por la boca, pero no me importó—. Espero que seas prudente y me dejes despedirme de ella como se debe. Es la mínima consideración que quiero de tu parte. De caballero a caballero.
»No te quiero ver en el velorio, no te quiero ver en su entierro ni en su tumba. No quiero sorpresas ni golpes por la espalda. Déjame saborear mi dolor y dejarla ir. —Di media vuelta mientras él luchaba por recuperar algo de aire entre sus tosidos. Se me hizo escuchar mi nombre salir de su boca, pero no me importó.

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