SANTIAGO CASTAÑEDA
Este momento no era mi declaración de guerra. Solo pedía respeto. Solo quería algo de paz para mi madre y para los que la queríamos con sinceridad. No iba a alzar la voz y dejar en claro mis intenciones, porque una guerra se gana con la boca cerrada y acciones. Nunca le avises a tu enemigo de tu próximo movimiento. Nunca amenaces. No avises de tu siguiente movimiento si no quieres perder.
Y mi padre no podía enterarse que, después de hoy, el imperio que me quería heredar se irá a la m****a, lo haré desaparecer con mis propias manos. ¿Carmen lo quiere para su hijo? Bien, que se lo quede, pero solo recibirá cenizas, de eso me voy a encargar.
Avancé hacia la puerta y justo ahí me encontré con esa arpía, quien vio a mi madre en mis brazos con sorpresa y dolor. Después de ver su jeta llena de resentimiento y ambición, por fin había algo más, una tristeza que parecía haber arrastrado durante años.
—Alondra… —susurró el nombre de su hermana y sus ojos se llenaron de lágrimas, pese a que parecía querer contenerlas—. Perdón, «almendrita».
Así llamaba Carmen a mi madre cuando eran niñas y aún se querían. Cuando aún eran hermanas y se cuidaban entre ellas. Intentó acercar su mano para tocar el rostro de mi madre, pero… no solo yo retrocedí, sino que el chofer se interpuso, silencioso y determinado, tomándola por sorpresa.
—Tu amante te espera… se está ahogando con su propia sangre —dije tajante, recibiendo los ojos confundidos de mi tía que parecía herida y perdida, pero no duró mucho, pues entró a la habitación presurosa recuperando la compostura.
De esa manera, con un silencio sepulcral cargado de miseria y dolor, salimos de esa casa, con la mirada de todos encima de nosotros.
Me detuve justo en la puerta y volteé, curioso, era como si algo hubiera cambiado en el ambiente, como una declaración de guerra silenciosa que se hacía presente con la ausencia. Justo dónde me había encontrado con Carmen y su bastardo noté que él era quien faltaba en el cuadro. Había desaparecido, y aunque no era algo que tuviera que perturbarme o preocuparme, me inquietaba.
Nunca hay que quitar un ojo de tus enemigos y en ese momento él había desaparecido de mi radar.
***
JULIA RODRÍGUEZ
Antes de que la noche se volviera profunda y pese a la euforia de Mateo por jugar con Matthew, tuve que mandarlo a dormir.
—¡Pero mamá! ¡Son vacaciones! —exclamó con sus ojitos bien abiertos y haciéndome el puchero más adorable del día.
Matthew sonrió con dulzura infinita y profunda, veía a Mateo como si no hubiera nada más importante y hermoso que él, y lo abrazó, gentil, pero firme, conteniendo sus fuerzas para no aplastarlo entre sus brazos. Disfrutó tanto de estrecharlo como Mateo, que se removía como si buscara el mejor lugar entre los brazos de su padre.
Agaché la mirada, porque me sentía como la villana en esta historia. La mujer que alejó al hijo del padre. ¿Fue un acto egoísta? Tal vez. Pensé que era lo correcto, ahora no estaba tan segura.
—Vamos adentro… Te contaré el cuento que tú quieras —susurró Matthew antes de dejar que los piecitos de mi bebé tocaran por fin el césped. Mateo lo tomó de la mano, ofreciéndole una gran sonrisa, aunque sus ojos liberaban pesadas lágrimas que caían por sus regordetas mejillas. Estaba feliz, llenando el vacío que siempre tuvo en su pecho y que no entendía porqué estaba ahí.
—¡Mami! ¡Vamos! —exclamó Mateo viéndome con emoción. Con una sonrisa que no me llegaba a los ojos y un peso que aplastaba mi corazón, asentí y caminamos hacia el interior de la casa. Por un breve momento fue como ver la clase de futuro que me hubiera esperado si nos hubiéramos mantenido juntos.
Mateo corrió directo a su cuarto, dejándonos atrás. Cuando vio que no lo seguíamos, regresó y tomó a Matthew con emoción de la mano.
—¡Ven, papá! ¡Mira! ¡Mira mis juguetes! —exclamó arrastrando a Matthew al interior de su cuarto—. ¡Mira! ¡Esa es mi cama y ese mi clóset! ¡¿Te gusta mi cobija?! ¡Mira, tiene carritos! ¡Me la regaló mi abuelita Alondra! ¡Ella es muy buena conmigo!
—Me alegra saber que tienes una abuela que no está loca —susurró Matthew torciendo los ojos, y mientras Mateo no comprendía a qué se refería, yo no pude evitar reírme suavemente. Tanto su madre como la mía no eran material para abuela.

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