JULIA RODRÍGUEZ
—¡Papi! ¡¿Te quedarás toda la noche?! ¡¿Podemos desvelarnos los tres juntos?! —exclamó Mateo con emoción, brincando en la cama y sosteniendo la mano de Matthew. Ambos voltearon hacia mí, como esperando mi aprobación.
—Bien, entonces si así lo quieren, que él te bañe, te ponga la pijama y te arrope —contesté encogiéndome de hombros. Si quería recuperar su paternidad, podía iniciar así.
—¡Sí! —gritó Mateo eufórico. Saltando de la cama y corriendo al baño.
—No se va a desvelar, es un osito dormilón, en cuanto apoye su cabeza en la almohada caerá dormido. Si no es así, un cuento puede ayudar —dije con calma mientras la ropa de Mateo salía volando a través de la puerta y yo la iba cachando con habilidad, sin que tocara el piso—. Cuando acabes con él, entonces te espero en la cocina. ¿Querías tus diez minutos? Te los daré, si no estás muy cansado para hablar.
—Si no soy yo quien termina agotado y dormido, entiendo —agregó con media sonrisa y las manos en su cintura. Sus ojos azules se clavaron en mí, aún parecían heridos, pero al mismo tiempo esperanzados.
Con media sonrisa que escondía mi rendición, tomé el patito de hule que estaba en el juguetero de Mateo y se lo di a Matt, presionándolo contra su pecho.
—No olvides al malévolo señor patanas y su némesis el super pececito Filiberto —dije antes de tomar al pez que escupía chorritos de agua cuando lo apretabas, y aventárselo—. El baño no es baño si no están ambos peleando por dominar la tina.
»Suerte. —No pude evitar sonreír cuando vi a Matt pasando su mirada del pez al pato, con el ceño fruncido, como si no supiera qué era lo que tenía en sus manos.
Salí de la habitación sabiendo quién terminaría cansado al final de la noche. Si no caía rendido, entonces le daría el tiempo que quería para explicarse, aunque eso no fuera una seguridad de que volvería a aceptarlo en mi vida, pero… no descartaba que pudiéramos trabajar juntos para Mateo.
Aunque Santiago siempre fue un buen padre y compañero, Mateo era muy listo y sabía muy bien, desde antes de que se lo dijéramos, que él no era su padre, y hay preguntas que no se pueden olvidar solo con amor. No todos podemos conformarnos en trabajar con el presente. Algunos necesitan conocer sus raíces para poder avanzar, aunque solo se trate de un niño.
Levanté la mirada hacia el reloj de la cocina mientras encendía la cafetera. Apreté los labios pensando en Santiago, pero también en Liliana. ¿Dónde estaban?
Me asomé por la ventana que daba hacia el inmenso jardín. Todo estaba oscuro, pero podía ver las linternas de los pocos hombres que se habían quedado a cuidar de la propiedad, se encendían por breves momentos, haciendo señales al resto.
Había algo en el ambiente, en el aire que me rodeaba, que me pedía que me mantuviera alerta, que me decía que algo no estaba bien y que no tenía que bajar la guardia.
***


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