JULIA RODRÍGUEZ
Llegué a la mansión Grayson con actitud derrotada y en completo silencio. Los sirvientes me ofrecieron una sonrisa tímida, como si me tuvieran lástima. El mayordomo fue el primero en tomar la maleta y arrastrarla escalones arriba, hacia la habitación.
Con la mirada clavada en el piso, decidí avanzar detrás de él, sin decir ni una sola palabra, solo aceptando mi destino y esperando a que los días pasaran rápidamente. En cuanto apoyé la mano sobre el barandal para subir el primer escalón, Matthew me detuvo, tomándome del brazo con firmeza. Cuando volteé, ni siquiera me dio una explicación y me cargó en brazos. Tuve que abrazarme a su cuello para estabilizarme.
Tenerlo tan cerca erizó mi piel. Su loción cosquilleaba en mi nariz mientras él comenzaba a subir las escaleras con calma.
—¿Qué haces…? —pregunté comenzando a revolverme entre sus brazos, tentada a bajarme de un brinco aunque eso implicara rodar por las escaleras.
—Quédate quieta si no quieres que caigamos los dos —respondió con ese tono que se esforzaba por ser frío, lo suficiente para cortarme el corazón—. El doctor dijo que necesitabas reposo.
—No necesitas cargarme —lo atajé mientras la garganta se me cerraba. No me cargó cuando regresamos de la boda, con mi vestido blanco, ¿por qué ahora?—. Puedo caminar y subir las escaleras sola.
—No, yo me encargaré —dijo tranquilamente.
—No quiero que te encargues, no quiero nada de ti. Ni tu dinero, ni tu piedad, ni tu compasión, si haces esto por culpa, entonces… solo ignorala de la misma manera que me has ignorado a mí todos estos años —respondí y en el último escalón salté de sus brazos. Sentí una débil punzada en el vientre que me recordaba que debía tomarme las cosas en calma, pero el corazón me ardía lleno de furia—. Si tienes tantas ganas de cargar a alguien, entonces busca a Sharon, de seguro se torcerá un tobillo adrede para que vayas en su rescate.
—Ya basta, Julia —siseó apretando los puños—. Deja de comportarte de esa manera tan infantil.
—¡No! ¡Se llaman límites y nunca te los puse! ¡Dejé que tuvieras control de todo lo que hacía y mira el monstruo en el que te convertiste! —exclamé con los ojos llenos de lágrimas y de rabia—. Que acepte quedarme 28 días no significa que será de buena gana, que seré la misma idiota obediente a la que puedes usar y abandonar a placer.
»¡Ya me cansé! ¡Ya estoy harta! —vociferé notando como, no solo Matthew, sino también la servidumbre que estaba alrededor, parecían impactados con mis palabras—. No sé qué pasó, pero me hice más fuerte.
»Sinceramente esto nunca lo vi llegar. Estaba pasmada, sin poder ver en otra dirección que no fueras tú, y mírame… ya me siento capaz de caminar en sentido contrario. —Sonreí, pero sin dejar de llorar—. No vuelvas a cargarme. No lo necesito, y específicamente, no te necesito a ti.
Me sentí más ligera, sin la autocompasión que me envenenaba. Podía sentir la mirada de Matthew sobre mí, no sabía si era asombro o coraje, pero no me importaba. Tal vez había comenzado la verdadera guerra, pero solo duraría 28 días más, no sería suficiente para romperme, no más de lo que ya estaba.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!