JULIA RODRÍGUEZ
Me punzaba la cabeza por llorar tanto. Me levanté apretándola entre mis manos mientras la luz de la mañana entraba por la ventana y quemaba mis retinas. Volví a esconderme debajo de las almohadas, buscando un refugio mientras refunfuñaba.
De pronto un olor a hierba recién cortada me hizo salir de mi madriguera. En el tocado había un ramo de rosas rojas con un listón. Fruncí el ceño antes de levantarme y arrastrar los pies para verlas más de cerca.
—Son para usted… —dijo la sirvienta, una de las más jóvenes, entrando a la habitación—. Las pidió el amo para usted.
Torcí los ojos sin saber si reír o llorar.
—Llegan dos años tarde —contesté antes de ignorarlas. ¿Qué sentido tenían?
Las flores se regalan en vida y el amor que yo sentía por él estaba muerto.
La sirvienta pareció no escucharme y llegó hasta el baño, desconcertándome. Cuando me asomé estaba preparando la tina con agua caliente y algunas sales perfumadas.
—¿Qué haces? —pregunté confundida.
—El amo me pidió que le preparara el baño, uno relajante para comenzar el día —dijo con una sonrisa inocente y dulce.
En esos años nunca le había importado. Aunque la servidumbre era educada conmigo, no tenían permitido ayudarme en cosas tan sencillas. Lo único que hacían para mí era la comida, pero no había más. Yo preparaba mi baño y mi ropa, y hablando de ropa, la chica salió corriendo del baño y abrió el clóset, inspeccionando su interior con atención.
—¿Qué le parece este vestido? Casi no lo usa y creo que le queda muy bien —dijo sosteniendo el vestido en alto, esperando con esperanzas mi aprobación.
—¿Qué se supone que haces? —pregunté escéptica.
—El amo Grayson me pidió que la ayudara con todo lo que necesitara —contestó ella como si fuera obvio.
—Puedo subir y bajar escaleras yo sola. También puedo bañarme y escoger mi ropa de la misma manera —refunfuñé cruzándome de brazos.
—Pero… él… él nos pidió que la tratáramos con delicadeza y cuidado, como a una princesa —dijo casi en un susurro.
—Pues no lo necesito, nunca lo necesité, así que regresa a tus labores. —¿Qué planeaba? ¿Pensaba que un poco de cordialidad haría calmar mi odio? No, a Matthew no le importaba en lo más mínimo que lo odiara o amara. Esa cosa no tenía sentimientos. Pero, entonces, ¿por qué hacía todo esto?
—Señora Grayson, por favor… si él se entera de que no cumplimos con sus órdenes…
—No tiene que enterarse, dile cuando llegue de la oficina que hiciste todo lo que te pidió. Yo no diré nada. —La tomé del brazo con gentileza y la llevé hacia la puerta.
—No entiende… No puedo hacer eso —dijo cada vez más ansiosa, sin saber si resistirse o dejar que la llevara fuera del cuarto—. El señor Grayson no salió hoy de casa y… se enojará mucho si me ve haciendo otra cosa.
—¿Qué? ¿No salió? —pregunté sorprendida, sintiendo que mi corazón daba un vuelco. Él era muy celoso de su trabajo, no faltaba ni en vacaciones. Su trabajo era la relación más seria y comprometida que tenía.


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