JULIA RODRÍGUEZ
—No lo sé… supongo que tienes razón. Rafael no se merecía todas las oportunidades que le dio Alondra, y tú no le quieres dar ni una sola a Matthew, aunque no sea tan malo como Rafael —contestó Liliana sin voltearme a ver, como si supiera lo que provocaría en mí con sus palabras.
Me quedé en silencio, intentando decidir si sería prudente discutir con ella, pero preferí entrar a la casa para regresarle su teléfono a Matt, y dar el tema por terminado. El eco de mis pasos resonaba. El lugar no parecía tener ni una sola alma. No había nada de servidumbre y era una casa muy grande, había comenzado a acumular polvo.
Llegué hasta el despacho de Matt, la puerta estaba entreabierta, entonces mi corazón se detuvo. Vi a esa rubia, la misma del hospital, refugiada entre los brazos de Matthew mientras este acariciaba su cabello.
Contuve el aliento y no supe si entrar o simplemente desaparecer sin que se dieran cuenta de que yo estaba ahí, pero la mirada de Matt fue más rápida al descubrirme. Sin dejar de abrazar a esa chica, volteó hacia mí con curiosidad.
—¿Todo bien? —preguntó mientras yo fingía que no me importaba ver a esa chica aún abrazándolo.
—Sí, aquí está tu teléfono —contesté estirándolo hacia él. En cuanto lo tomó sus dedos acariciaron sutilmente los míos, erizando mi piel, pero cuando busqué alguna reacción en su rostro, parecía sereno, ecuánime, como si de pronto él dejara de sentir lo mismo que yo—. Gracias.
—Rita, ¿nos puedes dar un momento? —preguntó Matthew tomándola por los hombros y ella sonrió como una colegiala enamorada antes de asentir.
—Claro, estaré en la sala —contestó con voz suave y complaciente. Pensé que su gesto cambiaría al hacer contacto visual conmigo, pero nada pasó, sostuvo su sonrisa y se despidió de mí con una ligera reverencia. No había veneno ni malas intenciones, por lo menos no de manera aparente.
Era como si de pronto ella supiera que había ganado y ya no valía la pena perder el tiempo enojándose conmigo.
—¿Todo bien? —preguntó Matthew señalando el asiento frente al escritorio, invitándome a sentarme.
No, nada estaba bien, me sentía cada vez peor. ¿Me estaba arrepintiendo de alejarlo para siempre de mi vida, de no darnos una segunda oportunidad? Apreté los labios y negué con la cabeza, sin saber qué decirle.
***
SANTIAGO CASTAÑEDA
—Tenemos que ir a un lugar seguro, las cosas andan muy calientes por aquí —dije mientras llevaba a Alex de la mano, sacándola del hospital.

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