CARL ROGERS
Permanecí en silencio mientras todos rodeaban la mesa. Alex y Julia se habían dedicado gran parte de la mañana a preparar el desayuno para todos. La convivencia se estaba volviendo algo agradable con excepción de la actitud molesta de Rita.
—Qué extraño que Liliana aún no baje —dijo Julia a Alex, quien asintió pensativa mientras dejaba un par de platos con panqueques recién hechos.
—¿No suele despertarse tarde? —preguntó Alex fingiendo calma cuando su postura delataba estrés.
—¡Mami, mami! —exclamó Mateo entrando al comedor corriendo, sosteniendo su patito y pececito de hule—. Lily no está en su habitación.
Los ojos del niño se llenaron de lágrimas, pero la tensión en el lugar se volvió casi insostenible. Todos estaban alerta, especialmente yo.
—Carl… —susurró Matt apoyando el mentón sobre su puño—. ¿Dónde está Rita?
Sentí como mi corazón se hacía pequeño. En completo silencio me levanté de la mesa y salí del comedor, con paso firme. Subí las escaleras y busqué en la habitación de Lily. La cama estaba hecha, como si nadie hubiera dormido sobre ella la noche anterior. Por un breve instante esperaba que Liliana saliera del baño, bostezando, con ojos somnolientos y esa sonrisa que iluminaba todo, pero no fue así.
Cada vez me sentía más desesperado y angustiado, temiendo lo peor. ¿Había sido culpa de Rita? ¿Le había dicho algo a Liliana, o peor aún, le había hecho algo?
Salí de la habitación buscando mi teléfono celular en mi bolsillo. Bajé las escaleras apresurado, de dos en dos, y cuando comencé a llamar a Rita, esta atravesó la puerta con una tranquilidad que me heló la sangre. Cuando nuestros ojos se encontraron, me sonrió como siempre.
—¿Ya está listo el desayuno? —preguntó con calma.
—¿Dónde estabas? —inquirí acercándome a ella, exigiendo con la mirada, pero seguía tan tranquila como había llegado.
—Salí a hacer ejercicio como todas las mañanas —respondió como si fuera obvio y yo demasiado estúpido. Entorné los ojos y me acerqué un poco más, pero no había manera de que se sintiera intimidada, no por mí—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué esa actitud tan hostil? ¿Es por lo de ayer?
—¿Dónde está Lily? —pregunté lidiando con un nudo en la garganta. Entonces su confusión se volvió más evidente y ladeó la cabeza.
—¿Lily? ¡Ah! ¡Lily! —contestó como si no recordara a quien me refería—. ¿Por qué tendría que saberlo? No soy su niñera.
Se encogió de hombros y siguió caminando como si nada, hasta que la tomé del brazo.
—No está en la casa… —agregué esforzándome por encontrar algo en su rostro, la más mínima muestra de que sabía de lo que estaba hablando, pero su actitud seguía siendo la misma: relajada y apática.
—¿Y eso que tiene que ver conmigo? —preguntó frunciendo el ceño, comenzando a enojarse—. Si quieres podemos organizar una búsqueda, pero no me veas como si yo fuera la responsable. No es que haya dejado la puerta abierta y ella se haya salido como un perro atarantado para no volver. Ya es adulta, por si no te has dado cuenta, y yo no soy su tutora.

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