MATTHEW GRAYSON
—Shhh… —susurró Julia mientras posaba sus dedos en mis labios, silenciándome. Su mirada afligida me rompió el corazón. Por inercia cubrí su mano con la mía y besé sus dedos. No podía controlarme, podía fingir que no me importaba estar lejos de ella, que no causaba nada en mí su distancia y que no mataban los celos cada vez que la veía al lado de Santiago, pero solo acumulaba ansiedad y dolor hasta que era imposible contenerlos—. No tienes que justificarte. No tienes que… decir nada. Yo no te voy a juzgar, yo…
Sus labios temblaban de manera adorable y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Matt… yo quiero disculparme por haber sido tan dura, por… haberte mentido y huido, por negarte conocer a Mateo, por no dejar que estuvieras en su vida desde que nació. Lo arranqué de tu vida de manera cruel. —Podía notar como le costaba decir todo eso. Sus ojos se enrojecieron y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, partiéndome el corazón—. Te prometo que no pasará lo mismo con el bebé que viene. No dejaré que te pierdas su nacimiento ni negaré que lo veas crecer.
Bajó mi mano a su vientre, aunque era imperceptible aún, podía imaginarme como la vida crecía dentro de ella. La vi por largos minutos, pequeña, vulnerable y hermosa. Cuando me di cuenta, había contenido el aire.
—No pude ser un buen esposo… pero prometo ser un buen padre —contesté pellizcando su mentón, levantando su rostro hacia mí. Me dolía verla a los ojos. Me carcomía el alma desearla con tanta desesperación y no poder tenerla.
No supe si ella podía suponer como mi cuerpo dolía al tenerla tan cerca. Era masoquismo puro, porque me quemaba vivo estar cerca de ella y no poder estrecharla ni besarla, pero tampoco podía alejarme, porque el vacío dentro de mi pecho me torturaba. Lamentaba cada momento donde la traté mal. Recordé ese día en mi oficina, cuando me dio los papeles de divorcio. Le resté importancia porque era más fácil que aceptar que la estaba perdiendo.
De pronto el dolor se acentuó cuando Julia posó sus manos en mi pecho. Se sentían cálidas y al mismo tiempo me quemaban dolorosamente. Levantó sus hermosos ojos hacia los míos y contuve el aliento cuando se acercó. Mantuve mi mano aferrada al barandal del balcón, conteniendo mis ganas de tocarla, porque sabía que no me contendría, que terminaría acorralándola, alimentándome de su boca, probando su piel y tomándola, aunque ella rogara para que la dejara ir.
—No lo hagas… —supliqué cuando su boca estaba cerca de la mía y su aliento comenzaba a embriagarme—. Me cuesta demasiado mantener la distancia. Si pruebo tus labios, voy a recaer y no podré detenerme.
Tomó mi rostro entre sus manos y pegó su frente a la mía. No pude evitar cerrar los ojos, disfrutando de su cercanía y calor.

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