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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 175

LILIANA CASTILLO

—¡¿Me vendiste?! ¡No! ¡Por favor! ¡Déjame ir! —exclamé esperando que mi actuación fuera convincente mientras por dentro comenzaba a fastidiarme. Su cabello era demasiado rubio, su parecido con Carl dolía, porque no podía creer que fueran hermanos siendo tan diferentes, y su voz era como deslizar las uñas por un pizarrón.

Entonces la puerta oxidada se abrió y no pude evitar sonreír, pero no por ver quién corría hacia mí con los brazos estirados y lágrimas falsas corriendo por sus mejillas, sino porque, como ya había dicho antes, tenía un plan y estaba saliendo como esperaba, con la precisión de un reloj recién aceitado.

—¡Liliana! —exclamó Carmen plantándose frente a mí, tomando mi rostro entre sus manos y acariciando mis mejillas—. ¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? ¡Tranquila, ya está mamá aquí!

Me estrechó contra su pecho mientras Javier esperaba en silencio detrás de ella. Con un aburrimiento profundo. Me sorprendía el parecido que tenía con Santiago, pero era una versión fría, era como si ese hombre hubiera nacido sin alma.

—No te preocupes, te llevaré a casa donde estarás a salvo —susurró Carmen acariciando mi cabello—. ¡Desátenla!

—No se atreva a gritar de esa forma en mi territorio —sentenció Rita queriendo sonar dominante, pero no sabía con quién se estaba metiendo. Carmen volteó hacia ella con una calma fría que me erizó la piel.

—¿Tu territorio? —preguntó ofendida, pero con una sonrisa. Entonces Javier, como si pudiera leerle el pensamiento a su madre, sacó su arma y apuntó directo a la cabeza de Rita—. ¡¿Tu territorio, pinche gringa pendeja?! ¡Este es mi territorio! ¡Estás en mi país! ¡No se te olvide que si tengo ganas te puedo desaparecer solo con chasquear los dedos!

Rita se sintió ofendida, ¡pero!, como el resto de los que estábamos en esa bodega, sabíamos que Carmen tenía razón. Rita y sus hombres solo eran unos extranjeros con suerte que habían conseguido un trato con gente poderosa y peligrosa en el país, solo eso.

Carmen posó su mano en el brazo estirado de Javier quien no había despegado su atención de Rita, en verdad parecía morirse por volarle la cabeza.

—Hijo, por favor, desata a Liliana, ¿quieres? —susurró con gentileza y Javier obedeció de inmediato, de manera mecánica. Cuando lo sentí detrás de mí se me erizó la piel. Liberó mis muñecas acariciándolas con el frío filo de su navaja. Después se hincó y cortó las ataduras de mis tobillos. Por un breve momento me vio a los ojos y el corazón se me detuvo, sentí que me estaba robando el alma y que podía leer mis intenciones como si fuera un libro abierto—. No quiero volver a verla, señorita Rita. Así que, por su seguridad, no se meta en nuestro camino.

Entonces Javier me tomó del brazo y me levantó. Sus dedos me sujetaban con firmeza, pero sin lastimarme. Me dirigió hacia la puerta, a medio camino me escabullí y regresé corriendo hacia la mesa donde estaban mis cosas, cuando tomé mi navaja y la bolsa de cenizas, sentí varios cañones apuntando hacia mí.

—¿Eres estúpida? ¿Qué no ves que alguno de mis hombres te pudo matar? —preguntó Rita torciendo los ojos, mientras mantenía una mano alzada, conteniendo los cañones.

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